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23 sept. 2016

Conviene la crisis por Carlos Rehermann


Últimamente se habla de la profunda incomprensión que exhibe Lawrence acerca del carácter del erotismo femenino, de su rechazo victoriano de la masturbación, y de otros asuntos que convierten a aquel novelista en una especie de idiota infibulador. Por Carlos Rehermann // Fuente: H interruptor

¿Por qué Lawrence hablaba de crisis para referirse aun fenómeno asociado al orgasmo? El escritor usó el término en El amante de Lady Chatterley, no como sinónimo sino como acompañante del orgasmo. Por cierto, últimamente se habla de la profunda incomprensión que exhibe Lawrence acerca del carácter del erotismo femenino, de su rechazo victoriano de la masturbación, y de otros asuntos que convierten a aquel novelista en una especie de idiota infibulador. Pero ninguna de esas especulaciones parricidas impide aprovechar con beneficio su resignificación de la palabra.


Probablemente la repesca más famosa de la palabra fue protagonizada por el presidente Kennedy en 1959, cuando explicó, en un discurso, que en chino se escribe “crisis” mediante dos caracteres, uno que significa “peligro” y otro que significa “oportunidad”. Al parecer se trata de una interpretación simplista de los ideogramas, lo cual no ha sido obstáculo para que se popularizara entre los expertos en mercadeo de los años 1980. Dos años después del discurso de Kennedy se produjo lo que se llamó “crisis de los misiles”, que con certeza no era el tipo de crisis que el presidente había imaginado. La idea de crisis como una oportunidad para cambiar para mejor fue compartida por los revolucionarios latinoamericanos que se oponían al gobierno estadounidense y su política continental. El 16 de abril de 1967, mientras Ernesto Guevara estaba en Bolivia, la revista Tricontinental publicó un artículo en el que el guerrillero termina diciendo:

¡Cómo podríamos mirar el futuro de luminoso y cercano, si dos, tres, muchos Việt Nam florecieran en la superficie del globo, con su cuota de muerte y sus tragedias inmensas, con su heroísmo cotidiano, con sus golpes repetidos al imperialismo, con la obligación que entraña para éste de dispersar sus fuerzas, bajo el embate del odio creciente de los pueblos del mundo!

Poco después, un agrimensor argentino que había estado preso por falsificar cuadros de Figari, vendió una tela de Chagall para financiar una revista que plagiaba el nombre de otra: Crisis. Uno de sus mentores, Ernesto Sábato, ideólogo del nombre, hizo una trampa: registró como nombre “Ideas, artes, letras en Crisis”. En la tapa, las primeras cuatro palabras eran diminutas, de manera que la revista se conoció como Crisis. A toda costa los fundadores ansiaban una crisis. Treinta años antes, en medio de una crisis global —empezaba la segunda guerra mundial, el fascismo se estaba apoderando de Europa y en todo el mundo había simpatizantes fascistas cercanos al poder—, se había fundado en Montevideo el medio que sirvió de modelo a la revista argentina: Marcha. El nombre hacía referencia a la actitud de sus protagonistas, más que a las circunstancias de su nacimiento. Crisis sucumbió a una crisis económica y política, en 1976.

La palabra original griega se refería a separación, lo cual implica evaluación y juicio: yo separo, y por lo tanto puedo evaluar, porque veo con claridad. Lo que hacen los jueces es ordenar, separar, categorizar: criticar. Juicio y crítica son sinónimos pero nuestro uso de la palabra crisis se ancló en sus aspectos negativos, especialmente desde que Hipócrates, según cuenta Galeno, empleó el término para referirse a un momento muy especial de las enfermedades. La crisis, según aquellos médicos, era un fenómeno clave, porque desde ese momento podían pasar dos cosas muy importantes: o bien la curación, o bien la muerte. Cada enfermedad tenía un día crítico (cierta cantidad fija de días luego de contraída la enfermedad), y las crisis fueran de fecha eran consideradas problemáticas.

La crisis es el momento en el que el tiempo se abre en dos, cuando se percibe con claridad el antes y el después, pero de eso las personas comunes —que somos como los enfermos de Hipócrates en nuestra relación con las crisis— nos damos cuenta sólo después de la crisis.


Para los médicos el momento posterior también era esencial. Debido a las escasas posibilidades de tratamiento que tenían los médicos de aquellos tiempos, la crisis tenía mucha importancia para ellos, aunque no demasiada para los enfermos. Después de la crisis el médico podía darse cuenta de lo que estaba ocurriendo; el agravamiento o la mejoría eran más perceptibles. Si el caso era la mejoría, podía haber cuidados paliativos que ayudaran a evitar una recaída, o que contribuyeran a fortalecer el organismo. Pero si el caso era el empeoramiento, poco se podía hacer, más que explicar a los parientes que el fin estaba próximo. Pero para bien o para mal, la crisis iluminaba.

Cuando Lawrence hace intervenir esa palabra para referirse a ciertos momentos del encuentro sexual entre Connie Chatterley y el guardaparque Mellors, lo relaciona con una descripción de la mentalidad de Connie que instala al inicio del libro:

Una mujer podía tomar a un hombre sin caer realmente en su poder. Más bien podía utilizar aquella cosa del sexo para adquirir poder sobre él. Porque sólo tenía que mantenerse al margen durante la relación sexual y dejarlo terminar y gastarse, sin llegar ella misma a la crisis; y luego ella podía prolongar la conexión y llegar a su orgasmo y crisis mientras él no era más que su instrumento.


Connie espera la crisis de sus amantes para estar tranquila, puesto que ellos han pasado a otro estadio y ya no piden nada; se trata de una forma de salir del rol que le imponen sus amantes mientras están ocupados con sus propias crisis.

En tiempos como el actual, cuando cunde un desánimo que galopa a lomos de un entusiasmo de cotillón y el lustre del desgaste se interpreta como brillo de lo nuevo, hay quienes confunden este pletórico desgano general con una crisis. Pero hay varias señales de que no hay ninguna crisis. No hay, por ejemplo, crisis de valores: se trata apenas de un desacomodo ante la propia hipocresía, porque molesta la libertad de otros, que no es la que uno reclama para sí. Tampoco suelen ser verdaderas las crisis económicas que se informa que recorren el planeta: casi siempre es que un mandatario ha desfalcado a su pueblo. Menos que menos hay crisis política; la política, en realidad, está conectada a un cóctel lítico y el pronóstico es reservado.

No es posible hablar de crisis en una época tan serena, tan igual a sí misma como la nuestra. Lo que se ve cuando se mira en dirección al pasado es tan liso y quieto como lo que se ve cuando se mira en dirección al futuro. Da la impresión de que las cosas van a ser más o menos iguales por mucho tiempo: más ciudadanos indignados que reclaman represión, gobernantes rapaces y políticos apolíticos. Nada de esto se parece a un encuentro apasionado en una cabaña del bosque o a un momento clave de la enfermedad. Da la impresión de que pasa como a veces le pasaba a Hipócrates: el día crítico pasó y no ha ocurrido nada: mala señal. Una crisis viene acompañada de una aguda sensación de que no se aguanta más. Pero esto se aguanta. Esto es suave. Estúpido, pero suave y tranquilo.

Se dirá que hay guerras atroces, asesinatos en masa, atentados sangrientos. ¿No son esas auténticas crisis? En absoluto; esos paroxismos han sido siempre los granos que componen el desierto de la historia.


Que no haya crisis explica la ausencia de crítica, es decir, de juicio. Da igual pararse aquí que pararse allá; es lo mismo lo que está viniendo que lo que se está yendo; antes y después son idénticos. La obsesión por la novedad —cualquier novedad, cualquier cosa nueva, incluso si lo nuevo es apenas una variante previsible de lo anterior, o si lo que viene es lo mismo que se fue hace dos o tres ratos— es una necesidad de ver algún cambio en este paisaje rigurosamente horizontal y sin grumos.

Las crisis están marcadas por la muerte, justamente porque se producen como pelea por la vida: la crisis de Connie es un incidente en la procreación, el comienzo de su muerte, porque cuando uno echa un hijo al mundo, ya ha cumplido con su contribución animal y se convierte en un estorbo; la crisis de Hipócrates es un juego de postergación de lo que se sabe con certeza que vendrá, más tarde o más temprano. Aquí, en cambio, no hay peligro de muerte, de modo que no hay por qué preocuparse por la vida. O tal vez ha sobrevenido ya el apocalipsis zombi: algo de olor a podrido comienza a sentirse, pero no estamos en Dinamarca y por lo demás en los supermercados hay una gran variedad de desodorantes de ambiente

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16 sept. 2016

La inspiración y el estilo por Manu de Ordoñana y otros


Categoría (El libro y la lectura, El oficio de escribir, General) por Manu de Ordoñana, Ana Merino y Ane Mayoz // Fuente http://serescritor.com/

Nos hemos atrevido a profundizar en el escritor Juan Benet (1927-1993). Sobre este “autor por horas” ―como él se autodefinía― que escribió tanto y que cultivó diferentes géneros (novela, relatos, ensayo, teatro…) existen miles de artículos, entrevistas… Pero tal vez no se conozca su afición a la pintura, su personalidad, su estilo singular… sepan que su nombre debe pronunciarse con el acento en la segunda ′e′. Y, por qué no decirlo, sus metáforas rebuscadas, su dificultad, su aridez y su complejidad de pensamiento.


Juan Benet era ingeniero (“una profesión noble, no como otras”, en su opinión) y tenía fama de antipático―aunque Javier Marías decía de él que “era el hombre más gracioso y encantador de la tierra”―. Pero aquí nos vamos a ocupar de su faceta de escritor, o más precisamente de ensayista literario con el libro que publicó en 1965 La inspiración y el estilo. Pensamos que para conocer a un escritor hay que leerle. De ahí que nos hayamos limitado a extraer fragmentos donde define y comenta estos dos pilares de la escritura.
El estilo proporciona el estado de gracia; a falta de otro término más específico es preciso buscar en el estilo esa región del espíritu que se ve en la necesidad de subrogar sus funciones para proporcionar al escritor una vía evidente de conocimiento que le faculte para una descripción cabal del mundo y que sea capaz de suministrar cualquier género de respuesta a las preguntas que en otra ocasión el escritor elevaba a la divinidad.
Juan Benet
Lo que se acostumbra a llamar un estilo suele tener una raíz popular. Pero el estilo muere de viejo, alejado del pueblo. Su momento de mayor gloria coincide con frecuencia con su máximo alejamiento de las fuentes populares de donde nació.
En cambio el grand style es único: el mismo para el dios que para el aventurero; para que un pastor se dirija a un rey y se entienda con él sin necesidad de que el monarca descienda de su sitial. Puede que esa singular y elevada monotonía del estilo no tenga su origen también en el libro que más influencia ha tenido en la formación de todas las épocas nacionales: la Biblia. El mismo Nietzsche lo dijo: El gran estilo nace allí donde la belleza triunfa sobre lo monstruoso.
En nuestro país el gran estilo se define en la vaguedad, torpeza y falta de precisión. En Inglaterra, Italia o Francia ese estilo no falla nunca. En España ninguno de los grandes clásicos coincide en el tiempo o en la acción con ese gran estilo al que, por despecho o repugnancia, han renunciado voluntariamente para echarse en brazos del casticismo. Es cierto que en nuestra literatura no falta ese énfasis que tan cómodamente se confunde con la grandeza.


Estoy convencido de que una obra no puede contar con otro abogado defensor que con sus valores literarios, su estilo. Muchas novelas han dejado de interesar porque no tienen estilo, porque el estilo es, en parte, una manera cualitativa de conocer. No supieron dar a la información un valor permanente que mantenga el interés una vez que aquella había perdido actualidad. Nunca se dejará de leer Moby Dick porque lo que Melville dijo sobre el tema no dejará nunca de tener interés gracias a la forma que le dijo. Por tanto uno de los grandes temas del problema del estilo es que la cosa literaria sólo puede tener interés por el estilo, nunca por el asunto. El interés no puede radicar en la información en sí, sino en aquel estilo narrativo que haga permanentemente interesante un conocimiento que ha dejado de tener actualidad. El estilo no es más que un esfuerzo del escritor por superar el interés extrínseco de la información para extraer de ella su naturaleza caediza y confeccionarle otra perdurable.
El escritor que inició su carrera con los comentarios de actualidad llega en un momento a descubrir que se ha hecho poseedor de un estilo, es capaz de tocar cualquier futilidad para interesar al público. En definitiva, el estilo es un instrumento con el que puede acercarse a cualquier cosa para descubrir y extraer su interés.
La madurez supone casi siempre un estilo porque es el estado que comienza con la decisión de abandonar la búsqueda del vacío para dedicarse al pulimento de la herramienta (publicó su primera novela —tras ser rechazada por varias editoriales y varias veces reescrita— con cuarenta años). Durante los años de aprendizaje es la obra quien tira del escritor remolón para arrastrarle hacia su deber. En la madurez, es el escritor quien tira de la obra.
Una de las cosas que a la larga le suele sentar peor a una prosa es la innovación. Una cosa es renovarse, hacer que una cosa sea nueva siendo la misma y otra muy distinta es innovarse, alcanzar la novedad marcando las diferencias.
Los escritores griegos de la época helenística solían designar la inspiración con el término entusiasmo, con esto querían indicar que tenía una raíz divina. Es el regalo que los dioses entregan al hombre para ayudarle a conocerlos, ensalzarlos y temerlos. Así el escritor inspirado (entusiasta o endiosado) es quien por disponer de una visión más amplia que la usual es capaz de describir y ensalzar el mundo con más precisión, generalidad y firmeza que los hombres dedicados al estudio.
Haciendo uso de la analogía de la gracia es preciso concluir que el soplo divino sólo lo recibe el escritor que se halla en estado de gracia, un estado transpuesto que al tiempo que le despierta una sensibilidad y una receptividad hacia el mensaje de las alturas le embarga un cierto número de facultades que se demuestran innecesarias en ese acto.
Una composición lírica es la única obra literaria vigente en el momento actual que puede ser totalmente inspirada o derivada en su totalidad de un dictado de la inspiración. Hasta el Romanticismo o la Ilustración no se puso nunca en duda la existencia de una fuente de conocimientos y bellezas que acudía en socorro del poeta para mitigar los rigores de su carrera.
El escritor judío no tiene ni que investigar ni que novelar; es el puro narrador y su función única es la de cantar la gloria y el poder de Dios; y quiso dar a su libro el carácter de crónica verídica para atraer la atención, la fe y la credulidad del lector. Por esto el Antiguo Testamento tiene una sola intención, un único estilo y una única fuente de inspiración.
El contenido, las fábulas son un ejemplo de una inspiración dictada por una creencia, ceñida a un estilo insoslayable y limitado a una estricta concepción del universo que es la base del estado judío y de su legislación.


En la prosa sagrada es muy raro que un pasaje bíblico comience con “Una tarde…”. Estas dos palabras no prefiguran un estilo, pero sí adelantan un modo narrativo. Y es que de ellas arranca un estilo que tiende a la ficción frente a “Y aconteció…” que se corresponde con una intención dogmática y una voluntad histórica. El empleo del artículo indefinido de “Una tarde…” lleva a adueñarse del tiempo, de aquella tarde que por ser una entre millones no tiene una configuración propia, por lo tanto, al ser extraída del conjunto innominado e infechado pasa a pertenecerle en toda su extensión.
Hemos querido finalizar con una cita del autor que recoge sus dos facetas en las que se sustentó su vida: “Yo ocupo un tiempo actuando como ingeniero y jugando como escritor. Y, si bien parece que he alcanzado en el ejercicio de la profesión ingenieril un grado satisfactorio de madurez que me permite vivir gracias a ello, no puedo por menos de pensar que en cuanto a escritor nunca dejaré de ser irresponsable”.

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9 sept. 2016

Pirámides en busca de sponsor por Amir Hamed


Las moles hacen lo que pueden, como por ejemplo la Esfinge de Giza, en Egipto, que ha estado echada al sol del desierto por miles de años haciéndole la guardia a unas pirámides // por Amir Hamed - Fuente: http://www.henciclopedia.org.uy

Las culturas dejan sus huellas, como los cerritos funerarios de los indios del Uruguay, pero las civilizaciones dejan moles, como las pirámides mexicas que retrepó Hernán Cortés disimulando su vértigo para que lo siguieran confundiendo con un dios. Y las moles hacen lo que pueden, como por ejemplo la Esfinge de Giza, en Egipto, que ha estado echada al sol del desierto por miles de años haciéndole la guardia a unas pirámides, impávida ante la milenaria curiosidad que despierta, e impávida también cuando en cierto momento perdió la nariz y la barba. Hace tanto que está por ahí, certificando los devaneos de los humanos, que alguna se dijo fueron los soldados de Napoleón, muy aburridos bajo el solazo, tal vez ya definitivamente aburridos de aquel siglo XVIII que, con toda su energía lumínica, se estaba evaporando, los que encendieron una mecha y le volaron la ñata de un cañonazo.


De todos modos, se entiende que se trata este incidente de leyenda, de patraña napoleónica, y que la nariz, en rigor, llevaba tiempo perdida a raíz de la cólera de un muy previo sufí, Muhammad Sa'im al-Dahr, escandalizado porque los campesinos, anhelosos de prosperidad para sus cosechas, todavía en 1378 le llevaban ofrendas. Se entiende que la Esfinge habría sido, en sus primicias, deidad solar, y tan magnética que todavía en el siglo XIV seguía convocando el paganismo, por lo que el sufí Sa’im habría puesto algunas dotes de ingeniería y vaya uno a saber cuántas cuadrillas de iconoclastas piadosísimos para rebajarla, mesándole y rapándole las barbas y sajándole también el naso. Es casi dulce imaginarlo al sufí, semisatisfecho antes esos vestigios en la arena –—idólatras residuos de esfinge recién tusada—, lamentándose, sin embargo, de que no le dieran las fuerzas como para meterse con toda la mole. Los musulmanes, por entonces, desecraban ojos, barbas y narices, para quitarle su vigor a los iconos paganos, pero antes tanto coloso todavía intacto cabe barajar al sufí rezando para que llagase alguna vez el día en que la divinidad sola e indisputable, Alá, en su infinita misericordia le suministrase misiles o jets saturados de bombarda que, en caso de necesidad, redujeran escombro las infinitas muestras de idolatría que Egipto, por milenios, ha venido sembrándole al mundo.


Ese día, como nadie ignora, ha llegado. El humano, con los años, ha sabido desarrollar tecnología capaz de derrumbar cualquier bastión idólatra. Todos vimos, no hace tanto, desplomarse dos torres colosales, casi babélicas, en la isla de Manhattan, e insisten en que quienes las derribaron fueron jihadistas. Hace semanas, el Califato Islámico, un grupo armado que lucha en Irak y Siria y extiende su vasallaje a Libia, Nigeria, y varios puntos del Magreb, con un entusiasmo que habría hecho suspirar a Muhammad Sa'im al-Dahr, se las agarró con unas reliquias que creyó milenarias del museo de Nínive, haciéndolas escombro, si bien al parecer, según advirtieron autoridades de museo, desde Bagdad, que se trataba nada más de copias. Todos recordaron, entonces, cómo a principios de este milenio los talibanes afganos la habían emprendido a cañonazos contra dos colosales estatuas de Buda, a las que entendieron paganas; también se hizo inevitable recordar que desde hace unos años van en aumento los de los salafistas (doctrina que impulsa Arabia Saudita y que, entre otros, abrazaron los talibanes y también los militantes del Estado Islámico) para deshacerse, ya no apenas de la Esfinge, sino de esos otros “símbolos de paganismo”, las pirámides, que en Egipto, si este columnista mal no recuerda, suman unas noventa y nueve.

Algunos, como el vicepresidente tunesino, Abdel Fattah Moro, recordaron que los musulmanes no destruyeron estatuas cuando conquistaron Egipto, milenio y medio atrás, porque eran ídolos que ya nadie (y aquí estaría contradiciendo al sufí Sa’im) reverenciaba, así que cómo puede arrogarse nadie el derecho a destruirlos. Sin embargo, más allá de estos argumentos, los reclamos a esta altura vienen de todos los rincones del corazón salafita, de Kuwait, de Bahrain o de incluso el propio Egipto. Algunos, como cierto jeque bahrainí, entienden explícitamente que ahora la tecnología permite lo que a los ancestros (es decir, el salaf) no les fue dado, y llegó exigirle al entonces presidente de Egipto, el pronto depuesto islamista Mohamed Morsi, que “destruyera las pirámides y así consiguiera lo que no había podido lograr el Amr bin al-As”, compañero del Profeta que tuviera a su cargo la conquista de Egipto en el 642 EC. Lo que no podía el Profeta, por decirlo de este modo, hoy sí lo podemos, algo que es verdad no solo para hacer picado fino con arquitecturas ciclópeas, porque lo que no podía ni el Profeta, ni tampoco podía Cristo, que era exterminarnos, aniquilar la especie, ahora también lo podemos, desde ciertas jornadas de agosto de 1945, cuando el humano se ungió como bípedo atómico.


Detrás del reclamo, de todas formas, no solo está la capacidad sino además la voluntad, y para reclamar hoy lo que no hicieron el Profeta y sus compañeros, es preciso suscribir a un error, proyectar hazaña horrenda en el ancestro Amr bin al-As: la quema de lo que quedaba de la Biblioteca de Alejandría. En rigor, el conquistador nunca tuvo siquiera la voluntad de quemarla, si bien siglos más tarde, algunos celosos musulmanes dieron cuenta de este supuesto hecho, e hicieron arder en su imaginación la biblioteca, con untuosa desmesura, durante seis meses. Quien cuenta este infundio con mayor pormenor, en el siglo XIII, es cristiano Bar-Hebraeus, un obispo ortodoxo cuya Historia Compendiosa Dynastiarum hace inquirir, anacrónicamente, a cierto “Juan Gramático”, que había vivido mucho antes que el Profeta, por los libros de la “biblioteca real”, lo que mueve a Amr a pedir instrucciones al Califa Omar, quien a su turno responde que si esos libros son acordes al Corán son innecesarios y si se le oponen, entonces deben ser quemados.



Colosos en busca de patrocinio

Hoy día se entiende que el hecho que puede haber dado pie a esta leyenda fue la restauración del sunismo en Egipto en el siglo XIII, a cargo de Saladino, quien, al destrozar las colecciones de libros de los sultanes ismailitas, habría dado pie a la creencia de que la piedad del Islam también habría dado cuenta de los tesoros paganos. Por supuesto, y como sobrado se sabe, fue a través del Islam, y de sus traductores, especialmente los de la ciudad siria de Harran en el siglo VII, que sobrevivió el helenismo en la Edad Media latina, y por siglos los musulmanes habían considerado que Alá repartía a todos, aunque fuera en distintos grados, su sabiduría, por lo que fue, en términos generales más tolerante que el cristianismo en la Edad Media. Lo importante, de todos modos, es no olvidar, en primer término, que desgarrar la hoja de un libro equivale, en buena medida, a pulverizar una pirámide (porque quien la desgarra está viendo, en esa escritura, la cola de Satanás), y en segundo lugar que, desde la Ilustración, Occidente primero, y buena parte de la humanidad después, han elegido vivir en un mundo pagano, es decir en un mundo de incógnita, o si se prefiere, en un mundo en que se plantea una incógnita para, a partir de ella, empezar a saber.

Y si hoy se llama a destruir la Esfinge y todo aquello que guarda (las pirámides, por ejemplo) esto no es sino por la misma razón que en los comienzos; en la Esfinge se guarda el enigma. Pero precipitar a la Esfinge, algo que aprendió Edipo con sangre, ceguera y exterminio, es proeza nefasta. Y al respecto vale aclarar que esta proeza, exigida hoy a voz en cuello y literalmente por los jeques salafistas, exigencia que repiten monocordes sus madrassas o escuelas coránicas (las mismas que dieron a luz a los talibanes, odiadores de la música y las artes), está siendo exigida, de forma apenas más subrepticia, también por Occidente en todas las abominables variantes de su actual neopragmatismo. “Hay que terminar con las pirámides” es lo que a su manera grita un presidente que recién dejó de serlo cuando llama a las letras y humanidades viru viru; “hay que terminar con las pirámides” es lo que gritan los rectores y decanos de las universidades de élite cuando exigen sponsor comercial para los proyectos de investigación; “hay que terminar con las pirámides” es lo que gritan, también a su manera, los que exigen destemplados, y hoy mismo, un nuevo tango y nuevos bailarines y empujan a sus oficiantes actuales a participar en madrassas de género. Para el autoproclamado justo, el fariseo de todas las horas, todo lo que llegó antes que él es simplemente pagano, idólatra, inservible; su sueño no tan secreto es aniquilar la civilización, siendo la civilización, como se sabe, una pacientísima, casi equilibrista, acumulación de esfinges sobre esfinges. Unos llaman idólatra llana y lisa a la pirámide; los otros la llaman anacrónica, improductiva, rémora de las eras; los segundos se horrorizan de los primeros, es cierto, pero más que nada por el derroche. Recuerdan, en su escándalo, a aquel bujarrón de Francisco de Quevedo y Villegas que se horrorizaba del rey Herodes porque mataba a los niños, en lugar de violarlos, es decir, de sacarles provecho (“De Herodes fue enemigo, y de sus gentes,/no porque degolló los inocentes,/mas porque, siendo niños, y tan bellos,/los mando degollar, y no jodellos”). Se trata, de más está decir, de un escándalo solidario, ya que a su manera ambas variantes comportan una sociedad para aniquilar la civilización, producir gentes como niños incapaces de cuestionar el mundo, aptos nada más para consumir lo primero que se les ofrezca.


Así que, si recientemente ha ocurrido lo impensable, que las pirámides y todos los colosos que haya producido la humanidad hayan quedado en jaque, primer escalón para exterminar finalmente a la humanidad, pronto sabremos si la ruta a la aniquilación ya se ha abierto, como el Mar Rojo, definitivamente para nosotros: antes de haber desaparecido, en el penúltimo acto, algún gestor cultural egipcio les habrá conseguido patrocinador a las pirámides, un mecenas que, como el bujarrón de Quevedo, les saque rédito.

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2 sept. 2016

Cómo vender tu libro en librerías

Cuanto más hayas trabajado en tu estrategia de marketing, más posibilidades tendrás de que el librero la perciba como positiva // Fuente http://www.mundopalabras.es

¿Has publicado un libro? ¿Tienes intención de hacerlo? Entonces querrás que se venda, ¿verdad? ¡Menuda pregunta!

Si has autoeditado, quizá una de tus próximas metas sea poder vender tu obra en librerías físicas de tu ciudad, región o incluso a nivel nacional. Este es un sueño para bastantes autores que están empezando; si también es el tuyo, este artículo está escrito pensando exclusivamente en ti.

Vamos a regalarte esas claves para que puedas lograr tu objetivo.


Comencemos con una reflexión. Porque nos parece esencial ser conscientes de la realidad: estar en una determinada librería no te servirá de mucho si previamente no has hecho una buena promoción que haya conseguido despertar el interés de los lectores hacia tu libro. Salvo que te lo montes muy bien para diferenciarte, en una librería tu publicación tiene muchas posibilidades de acabar siendo un lomo más perdido en una estantería, una obra que tendrá que competir con los grandes sellos editoriales que llenan los mostradores y escaparates con los libros de moda (que tienen tras de sí grandes maquinarias de marketing y promoción).

¿Nos sigues, verdad?

Por esta razón, nos gustaría insistir en la idea de que cuanto más hayas trabajado en tu estrategia de marketing, más posibilidades tendrás de que el librero la perciba como positiva. Es decir, si en tu toma de contacto con la librería puedes aportar que eres un bloguero más o menos influyente o que tienes un buen número de seguidores en redes sociales, estos se convertirán en datos golosos y atractivos con respecto a las expectativas de ventas, pues como decimos siempre: un libro que no se conoce no se vende.

 Un libro que no se conoce no se vende. Podría ser un buen mantra para quien se embarque en el apasionante mundo de la autoedición.

Asimismo, también ayudará comenzar a contactar con las librerías de tu pueblo o ciudad: los libreros saben que un autor local puede tener tirón entre sus vecinos y eso lleva aparejado un mayor número de ventas, por lo que la acogida será mucho más positiva y sencilla.

Y hasta aquí esta reflexión inicial que queríamos compartir contigo. Ahora pasemos a la acción, veamos algunas sugerencias para ese primer contacto con la librería:

1) Busca un momento en que el librero pueda atenderte con suficiente tranquilidad como para hablarle de ti y de tu obra. Prepara con antelación la mejor manera de explicar los puntos fuertes de tu libro en el menor tiempo posible (¿eres capaz de hacerlo en un minuto?) y trata de mostrarte seguro y defender las bondades de tu obra con firmeza.

2) Consigue que el librero vea un negocio en quedarse con tu libro. Coméntale que incluirás su establecimiento como punto de venta en tu blog o web, que le darás difusión en redes sociales, que intentarás que una parte de tus contactos vayan a comprarlo a ese establecimiento… Cuanto más claras tenga las posibilidades de venderlo, menos reticencias mostrará.

3) Aportar un marcapáginas o algún otro artículo promocional del libro (libreta, bolígrafo…) puede considerarse un atractivo más, un valor añadido para la venta del libro y para captar el interés de clientes que accedan al establecimiento.

4) Muéstrale un ejemplar de tu obra y destaca la calidad de la edición. Esto es muy importante, si tu libro tiene una cubierta o una maquetación poco profesional o pueden detectarse en un primer vistazo errores gordos de ortografía, te arriesgas a causar mala impresión y lograr rechazo por parte de la librería, ¿en serio quieres asumir ese riesgo?

5) Propón dejar varios libros en depósito. La mayoría de las librerías tienen un problema grave de espacio, por lo que recibirán como positivo que muestres consideración con este punto. Un par de libros para empezar puede estar bien, si la demanda es alta en las primeras semanas de colaboración, siempre podéis ampliar el depósito yendo ya sobre seguro.

6) Ten claro el descuento que le vas a hacer al librero, es decir, el margen que él tendrá sobre el precio de venta. Lo normal suele ser un 30 %, pero puede que algún establecimiento te requiera un poco más o incuso esté dispuesto a trabajar con un 25 %. Piensa que existe la posibilidad de que cuanto mayor sea el porcentaje, mayor sea el interés le ponga el librero a la venta de tu obra.

7) Una vez que hayáis llegado a un acuerdo, pregúntale cómo desea formalizarlo. Lo más frecuente es que prepares un albarán sencillo en el que deberán figurar la siguiente información:


  • Tus datos de contacto y los datos de la librería
  • La fecha del albarán y el número de serie
  • Cantidad de ejemplares
  • Modalidad de entrega: en depósito
  • Precio sin IVA
  • El descuento para el librero
  • El IVA 


Por último, conviene estar preparado para recibir alguna negativa, pues puedes dar con personas que, por desconocimiento absoluto, muestren rechazo a trabajar con autores autoeditados. En este caso, nuestra sugerencia es ser respetuosos con todos los puntos de vista, cómo no, pero al mismo tiempo aprovechar para defender la calidad de tu obra y tu potencial como autor local. De ahí que comentáramos al principio que, cuanto mayor interés hayas conseguido despertar hacia el libro previamente gracias a las acciones de marketing que pongas en marcha, mayor atractivo tendrá este para las librerías.

Porque un libro que no se conoce no se vende… “¡Menudos pesados son estos chicos de mundopalabras.es!” estarás pensando. No te preocupes, no vamos a repetirlo más, sabemos que en este punto del artículo ya lo tienes claro.


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8 ago. 2016

Marta Ortiz: Poemas


Marta Ortiz nació el 30 de marzo de 1948 en Rosario, ciudad en la que reside, provincia de Santa Fe, la Argentina. // por Rolando Revagliatti

Cuento de invierno I


a las Madres de los Jueves (Plaza 25 de Mayo)


El hombre de overol azul
rastrilla hojas caídas,
picotearon de ocres
veredas y macizos. Algunas
resisten el viento
solapadas en los plátanos.



El grupo de madres
aísla su dolor en los pañales
que cubren sus cabezas
resisten
la ronda recortada en el papel de la tarde;
descose palomas,
su flaco envoltorio de cenizas.

El hombre de overol azul
recoge la última hojarasca.
Estancada, la fuente gotea pátinas
y yo leo esmeraldas
al pie de la ninfa.

Los focos de alumbrado bajan estrellas,
entibian.


(de “Diario de la plaza y otros desvíos”)


*

No porque no pueda salir de mi casa

hundirme dócil en la vida diaria
al fin y al cabo es vida conocida.
No porque más allá del umbral
no encuentre el mar azul
sino mareas de herrumbre
o porque no quiera abandonar mi depósito de libros
este mundo de objetos entrañables
crecidos entre mis papeles y yo:
fotografías, cajitas de hojalata:
esa de pastillas
Violet de Flavigny
o la de té:
Alice’s adventures in wonderland, según Tenniel
en las caras laterales;
o la caja de cartón acanalado donde guardo pétalos
y hojas de roble y otros árboles
que enrojecen los otoños.
Por ninguno de esos motivos
es que no me ausento de mi casa
ni siquiera
por las páginas que leo:
Celan y Chéjov
poemas y cuentos:
“Vania”, por ejemplo.
No por tan antiguo vasallaje
sostengo mi domesticidad,

no salgo por otra razón:
afuera está oscuro
garúa, hace frío.


(de “Diario de la plaza y otros desvíos”)


*


No se vuelve


“nunca nos recobramos de nuestro lugar de origen”
William Goyen



No se vuelve
—delta azul que resguardó la infancia—
de un antiguo patio en sombras

de la dama de noche y su corola china
—ruta de la seda en ese mismo patio rojo—
del lila fragante en el aura del paraíso.

No regresa
la que contaba lunas en noches de ronda
y relatos a la luna biselada:
vertiginosa telaraña
increpaba al espejo un gran poeta nacional.

No se vuelve
de la lámpara quemada colgando del techo
que nadie cambiará
de la bisagra desaceitada y la respiración arrítmica

no del tejido esponjoso de aquella mujer
sus puntos de misterio
escritura de lana
diario de decepciones.


(de “Casa de viento”)


*


Dimensiones


Incluso comenté un tópico que afinaba la Física:
las dimensiones
no las cuatro conocidas
otras, por lo menos hay diez,
lo dijo un físico en televisión
invocaba la no menos lúcida teoría de las cuerdas
aunque quizá fueran once dimensiones
no retuve el dato preciso.

Quién sabe
—arriesgué—
ahora mismo una mujer agoniza
en un cuarto idéntico a éste
a escasos centímetros de tu cama
tu misma cama pero otra,
—aventuremos—
otra dimensión podría caber en el espesor de un papel
de gramaje suficiente, quizá granulado
o en el espacio que ocupa el volumen de un corcho
y cabría allí, comprimido
—tal vez—
el prodigio del universo paralelo
donde una mujer agoniza
y otra a su lado le habla incansable de la física:
existen diez dimensiones,
quién sabe si no once…


(de “Casa de viento”)

*


Frases desiertas


Dije,
entre otras frases desiertas:
no permitas que tu jardín se seque.

(Recuperar las rositas rococó
la mata de lavandas
los agapantos
el malvón)

Una picardía el abandono:
pasto crecido
hormigas al rayo de sol.

Abrí la canilla
conectada a la manguera

en realidad
yo quería reverdecer tu historia
regar tus manías
tu inapetencia
tu desgano.

Que se escurrieran con el agua.


(de “Casa de viento”)


*

Río era mi padre y la pala en el puño

:cavar la tierra,
atrapar el revoltijo y lombrices al frasco

:ensartar la carnada
medir la distancia / el punto exacto
tendida la línea al brinco
incauto coleteo acróbata
:nácar / escama / reverbero

—tramposa la muerte entraba por la boca—.

Río
:dilatar el pique
el ojo urbano al paisaje agreste
la arruga del viento erizando el agua
barro en la orilla descalza.

Río
:aprender que el tiempo es agua
soñar la boga y aceptar la mojarra
su magra resistencia.

Río
:la fuente de pescaditos marinados
crocante arte materno sobre mantel a cuadros

:la cena familiar
fiesta suburbana.


(de “Casa de viento”)



*
Entrevista realizada a través del correo electrónico: en las ciudades de Rosario y Buenos Aires, distantes entre sí unos 300 kilómetros, Marta Ortiz y Rolando Revagliatti, 2016.

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