Licencia

Licencia Creative Commons Antologia en LA REVISTA por Silvia Beatriz Giordano se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución 3.0 Unported. Basada en una obra de Escobar LA REVISTA Digital.

entradas destacadas

Cargando...

IT PUBLISHES YOUR WRITINGS // Publica tus escritos

To publish in this space, send his works specifying name and surname, locality and country by e-mail to: escobarlarevistadigital@gmail.com
Matter: My Poem or My Story
INDISPENSABLE: To include a brief biographical review to avoid the plagiarism

*********************************
Para publicar en este espacio, envíen sus trabajos especificando nombre y apellido, localidad y país por correo electrónico a: escobarlarevistadigital@gmail.com
Asunto: Mi Poema o Mi Cuento
IMPRESCINDIBLE: Incluir una breve reseña biográfica para evitar el plagio

Síguenos...

Nuestras Redes Sociales

☼ Buscar...

TRADUCE...

English French German Spain Italian Dutch Russian Portuguese Japanese Korean Arabic Chinese Simplified

26 dic. 2016

Adrián Sánchez: Poemas


Adrián Sánchez nació el 22 de enero de 1970 en Buenos Aires, ciudad donde reside, la Argentina. / Por Rolando Revagliatti

Algunos apuñalan su corazón
hasta tres veces.

Otros abren sus venas
para vaciarse
se arrojan ante un tren
o saltan desde un puente.

Hay quienes se ahorcan
para morir bailando.

Dicen que el método elegido
surge de los motivos
que llevan a tomar la decisión.

Mi padre se metió en la cama.



(de “Mi padre cavaba un pozo”)


*

Mi madre me miraba incrédula
correr por el jardín
mientras de mi cabeza agujereada
escapaba la sangre de su sangre.

Eras como un globo
me contó después.
No podías parar
porque tu sangre era como el aire
y al escapar
te impulsaba hacia delante.

Me imaginé en una plaza dijo
mirando para arriba
llorando con otras nenas.



(de “Mi padre cavaba un pozo”)


*


Espero acostado
que Laura se duerma
y entonces bajo a nadar.

Ella no puede mojarse.
Algo dentro de su cuerpo
necesita estar seco
por cinco días.

Nado despacio para no despertarla.
Pero también
para que el fondo no se agite
y el agua se enturbie.

A veces dejo de bracear
y flotando en la oscuridad
me pregunto qué sería de mí.

Si tantas cosas.
Qué sería de mí.



(de “El ángulo”, inédito)


*

Una tarde corrí
entre gallinas espantadas
con mi primer amor
desnuda sobre mis hombros.

Ella reía nerviosa
porque nos habían descubierto
y pronto sentí su pis
cayendo por mi espalda.

Cuando ya no pudimos escapar
me puse en cuatro patas
para que pudiera desmontarme.

Recuerdo la presión
de sus muslos en mi cuello
como una despedida.

Después los talones
blanquísimos en el barro.

El vaivén del pelo y los brazos
mientras seguía a la abuela.

Se iba.


(de “El ángulo”, inédito)


*


Aunque es otoño
el calor no se va.

Al borde de la pileta
miro el fondo
cubrirse de verde.

Podría limpiar el agua.
Nadar unos días más.

Hojeo un libro de Carver.
Una foto suya junto a un río
mirando la corriente.

El agua que yo veo no fluye.

No enriquece otro caudal.
No desemboca nunca.

Chinches rondan los escalones
donde apoyo mis pies.

El verano pasó.
Corresponde que este agua se pudra.



(de “El ángulo”, inédito)


*

Todos llevamos algo.

Cosas anónimas
que tanto pueden ser
de unos como de otros.

Una cartera.
Un manojo de llaves.
Un paraguas.

O cosas que los identifican.
Ésas
sólo pueden ser nuestras.

Una bandera.
Un estante de madera.
Un globo.

No importa sólo qué se lleva.
También cómo
y por qué.

En mi caso
un reloj de arena.



(de “Nunca supe bailar”, inédito)


*
Entrevista realizada a través del correo electrónico: en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Adrián Sánchez y Rolando Revagliatti, 2016.

http://www.revagliatti.com.ar/010815.html
http://www.revagliatti.com.ar/020600.html
http://www.revagliatti.com.ar/act0509/Huasi_sanchez.htm

http://www.revagliatti.com.ar/act0509/Huasi_sanchez.htm

Para contactarnosescobarlarevistadigital@gmail.com

Antología en La Revista

Adrián Sánchez: Entrevista de Rolando Revagliatti


Adrián Sánchez nació el 22 de enero de 1970 en Buenos Aires, ciudad donde reside, la Argentina. / Por Rolando Revagliatti

1 — Nacés en el mes en la que también “nace” nuestra cargadísima década del setenta.

AS — A las 02.40 del veintidós de enero de 1970 en la ciudad por entonces denominada Capital Federal. Único varón entre los once o doce nacimientos: algo así como una noche récord para el Hospital Rivadavia. Ante la abundancia de parturientas y escasez de médicos y enfermeras, mi madre hizo sola el trabajo de parto. Además de las dificultades propias de la situación, yo trataba de subir dentro de su cuerpo en lugar de bajar. Recién cuando caí de la camilla y ella gritó, llegó la ayuda.
Fui sólo un día al jardín de infantes. Se llamaba "Los Enanitos" y quedaba a una cuadra de mi casa. Conservo la imagen de estar sentado sobre una mesa mientras los otros niños hacían cola para jugar con un payaso articulado de cartón. Me resultó tan aburrido que cuando volví a casa le aseguré a mi madre que no quería volver porque "los enanitos" me habían robado mis galletitas. Por lo que sea, la triquiñuela funcionó.


A los seis años empecé el primer grado, y ahí no tuve reparos. Me sentía cómodo, me divertía y las maestras me adoraban. Recuerdo a dos de ellas peleándose por colocarme la pechera del General San Martín, antes de subir al escenario durante el acto celebratorio del 17 de agosto. La primaria transcurrió en calma. Quería a mis compañeros y era querido. En tercer grado fui elegido mejor compañero, y recibí como regalo "David Copperfield" de Charles Dickens. Y gracias a eso empezó mi amor por los libros, por las historias. Y por Dickens. De todas maneras, las "malas notas" por conducta eran semanales. Como en mi casa la comprensión no era lo que reinaba, trataba de zafar como podía. Llegué al extremo de agujerear el cuaderno de comunicaciones donde correspondía que firmara mi madre; después recorté su firma de otro lado, la pegué sobre el papel agujereado y declaré a la maestra que mi mamá se había equivocado al firmar, que al borrar había agujereado el papel y que entonces firmó en otro lado y pegó la firma al pie de la mala nota. Una vez más, la triquiñuela funcionó.
Experiencia aterradora: en 1979 (cuarto grado), a la escuela se le ocurrió trasladarnos en excursión a la Comisaría de Olivos, en nuestro barrio. Armas, calabozos, detenidos esposados (dios mío, quién sabe por qué), y la sana amenaza de que eso nos esperaba si llegábamos a meternos en "cosas raras". Y otra más: simulacros de bombardeo, por la eventualidad de algún conflicto, acaso con Chile: escondernos debajo de los bancos a una señal de la maestra.


2 — Y ya por ahí estabas en los ochenta.

AS — Finalizando la escuela primaria: suavizada por mis primeros besos con una dama un año mayor. Muchos besos. Después hubo otros por supuesto, pero supongo que nunca son como los primeros. Posteriormente, ya en el secundario, recreaba exactamente el gusto y el olor de la boca de la piba, exhalando mi aliento, aproximado al banco de madera, y haciendo una cerca con mis manos para que no se diluyera. El secundario fue más hostil. Chico de escasos recursos económicos, becado en un colegio privado en La Lucila. En segundo año me quitaron la beca por mal comportamiento. No me portaba peor que el resto de mis compañeros, pero por ser pobre y becado debía demostrar mi agradecimiento mediante la obediencia y la sumisión. Esa beca me la había ofrecido la directora de la escuela primaria, cuando estaba por terminar séptimo grado. No sé por qué no lo habló con mi madre sino conmigo. Me dijo que lo pensara, y que en una semana le respondiera. Yo quería ir al Nacional de San Isidro, pero en vez de rechazar la propuesta, cometí el error de comentarlo con mi madre y mi hermana, y terminé en el privado. Cuando me sacaron la beca, hubo que hacer malabares para pagar la cuota de un colegio de mediocre para abajo. Pero algo esencial para mi futuro aconteció por haber concurrido allí. Dos cosas, en realidad. Conocer a mi profesor de Literatura, Daniel Arias, que fue quien definitivamente me llevó a escribir. Y un libro que me recomendó leer y que se transformó en mi favorito. Tenía catorce años: lo leí cada dos hasta ahora, que tengo cuarenta y seis. Se llama "Cuentos de hadas en Nueva York" y es de James Patrick Donleavy. Cada vez que termino de leerlo me digo: "Un día voy a regalar todos mis libros y me voy a quedar sólo con éste". Ese mismo año murió mi padre. No fue especialmente duro para mí (a un nivel consciente, en ese momento, quiero decir). Nunca había estado mucho en nuestra vida. No digo simbólicamente. De hecho no estaba, porque estaba en otro lado, nunca supe dónde. No fui a su entierro. Ni siquiera sé si lo velaron. Lo que sí fue significativo para mí de todo eso (tanto que treinta años después dio vida a mi segundo libro, "Mi padre cavaba un pozo"), fueron los largos meses que pasó muriéndose en mi habitación, en mi cama, mientras yo fui desplazado a dormir al comedor. Su última frase para mí (la única en todo ese período, si no recuerdo mal) fue: "Te voy a matar".


Por suerte, tuve amigos durante la secundaria, que hicieron mi adolescencia entre niños ricos un poco más amable. Uno de ellos muy importante, con el que descubrimos mucha música, que me acompañó y me acompaña todavía. La mayoría de esos amigos perduraron lo que duró la escuela, pero dejaron huella en algunos aspectos. Y afianzaron el apodo que había empezado en la primaria más tímidamente: mono. Para mi profesor de literatura, que todavía veo, y para uno o dos más que sobreviven a aquella época, todavía soy el mono. El apodo viene de que desde chiquito, donde podía me trepaba. Y donde no podía, también. Las costuras en la cabeza y los moretones en partes diversas de mi cuerpo eran los trofeos. Como extras no vinculados a las "monerías" pero sí a mi culo inquieto, fui atropellado cuatro veces (quizá la última no cuente porque fue a mis treinta y cinco años), una de ellas en bicicleta.
Terminando el quinto año, fue el sorteo para el Servicio Militar Obligatorio, en una de sus últimas ediciones. Entré de cabeza con el número 938. Decidido a no hacerlo, me dispuse a bajar de peso. Con mi altura, debajo de cincuenta kilos quedaba fuera del Ejército. Al momento del sorteo, en octubre del 87, pesaba sesenta y dos kilos. Un año después, llegué a la revisación médica en el Distrito Militar de San Martín pesando cuarenta y ocho. Un éxito. Eso sí, apenas logré recuperar la mitad de los kilos perdidos. Recién hace dos años, a mis 44, volví a mi peso original.


El verano previo, en el sur, había conocido a quien sería me primera compañera formal. Ya trabajaba. Eso, junto con la decisión de evitar la colimba, y dejar el hogar familiar, marcaron el comienzo de lo que llamo "mi vida". Para mí, significa algo así como el límite a partir del cuál uno (yo) deja de culpar a otros por sus padecimientos, resultados, limitaciones, etc.
De paso: el albergue transitorio que frecuentaba con este primer amor, ubicado para más datos frente al hospital donde nací, es ahora un hogar de ancianos. Espero que se trate de uno de esos casos en los que un cigarro es sólo un cigarro.


3 — Pisando los noventa, entonces, te vas a vivir solo.

AS — Fui el primero de mi grupo de amigos en llevarlo a cabo, con lo cual mi casa era la de todos. Y más de los que tenían chicas. Casi todos mis amigos contaban con un juego de llaves. La única condición era la de no ir sin avisar. Pero años después, no muchos, pasé de generoso anfitrión a no abrir la puerta a quienes venían de visita sin antes haberlo concertado. Y de eso, a no recibir visitas, directamente.
Por la época de mi emancipación se acrecentó la intención de encarar con rigor la escritura. Empecé a asistir al taller de quien había sido mi profesor de literatura. Duré un par de años. En un momento él me echó, quizá con razón, por no cumplir las consignas, plazos y demás. Por trabajar poco, básicamente. Pero ese taller, el único al que concurrí, me enseñó lo primordial: darle hacha a todo lo que no sea esencial. No siempre se logra, pero hay que intentarlo. Y muchos de los textos laburados en ese taller, fueron el esqueleto de mi primer libro, "La condena del mudo".
Poco después, en viaje por Bolivia, el colectivo en el que iba efectuó una parada saliendo de Sucre, en una especie de almacén que había junto a la ruta. Cuando me asomé por la ventanilla, observé a una chica, adolescente supongo. Jamás había visto a alguien tan sucio. Era como si hubiera pasado un lustro revolcándose en el barro y la basura, hasta que el barro y la basura parecían crecer de ella. Pero tampoco había visto nunca a alguien tan hermoso. Aun a través de esa coraza de barro y mugre, las formas de su cuerpo y los rasgos de su cara impactaban. De repente se inclinó hacia la derecha, levantó apenas su vestido, y se rascó el muslo. Esa experiencia fue la confirmación física de algo que ya intuía: no procurar extraer poesía de mundos inexistentes. La poesía se me mostraba a mano y a la vista, de mí y de quien la quisiera advertir. Considero que la realidad es lo suficientemente poética para quien sabe capturarla y transmitirlo con palabras justas (sencillas) y de manera reconocible. En todo caso, el oficio está en saber captarla y describirla.
Intercalo cuatro frases que tengo pegadas junto a mi mesa de trabajo:
"Yo veo algo y lo describo tal como lo veo. Al hacerlo, me abstengo de comentarlo. Si he hecho algo que me conmueve —si he retratado bien ese objeto—, alguien más se conmoverá, aunque también habrá otro que diga: ‘qué carajos es esto?’ Y tal vez ambos tengan razón." (Charles Reznikoff)
"Si quieres expresar con exactitud esta circunstancia: ‘desde el río soplaba un viento frío’, no hay en lengua humana más palabras que las apuntadas para expresarla." (Horacio Quiroga)
"Admiro a quienes hacen poesía sin necesidad de crear un mundo que los demás no puedan tocar." (Sean Penn)
"Escribir es mágico. Es, en la misma medida que cualquier otra arte de la creación, el agua de la vida. Y el agua es gratis. Así que bebe. Bebe y sacia tu sed." (Stephen King)
Me interesa lograr (trabajar en lograr) ese equilibrio, ese camino bien finito que existe entre la poesía y la narrativa. Llegar a lo básico, pero a la vez no tener miedo de narrar. Relatos, pero con un ritmo y sonido e imágenes que como narraciones plenas no tendrían. Mi ritmo creativo es lento. Entre la publicación de mi primer libro y el segundo pasaron trece años. En el medio sólo escribí el que dentro de poco estaré publicando como tercero. Espero que esos plazos se vayan achicando. Tiene que ver con la confianza, supongo. En estar seguro de lo que uno hace, pero no en el sentido de que es maravilloso, sino de que uno se esmera para hacer siempre lo mejor. En mi caso, y seguramente para muchos otros sea así también, aunque obtuve algunos premios y reconocimientos, nunca me percibí más orgulloso que al saber que había hecho lo mejor que estaba a mi alcance elaborando un poema, un libro entero, sobre todo con el ordenamiento, o lo que sea. Por otra parte, en ese sentido, a veces pienso que ésa puede ser la diferencia entre un oficiante de poeta y un gran poeta: uno llega hasta sus máximas posibilidades, y el otro también, pero una vez que llega ahí, se pregunta cómo lo puede mejorar.


4 — Nos ubicamos en el 2000. Desde el 2000.

AS — Mi primer libro. Frecuentaba los ciclos literarios, en parte por las invitaciones que recibía, y en parte porque, bueno, era lo que correspondía. Incluso llegué a co-coordinar alguno, “La Dama de Bollini”, con el poeta Daniel Grad. No duró mucho la faena: apenas la segunda mitad del 2004. Pero tanto de un lado como del otro, esas ceremonias fueron perdiendo interés. Que quede claro, no las critico, sólo que no me dan placer.
En 2004 fui invitado a Chile al Primer Encuentro de Poesía “Voces para el Desierto”, realizado en Copiapó, capital de la Región de Atacama. Por nuestro país participó también Diego Muzzio, y por Chile Eugenia Brito, Gonzalo Millán, Nadia Prado, Juan Cameron y Mauricio Redolés. Quien organizó todo no era de allí. Había llegado de Santiago apenas meses antes. Formó un mínimo equipo, de gente que casi tampoco conocía, y obtuvo un festival de tres días en distintas sedes, incluida la plaza, al que asistió tanta gente como no se había visto jamás reunida en Copiapó. Y aunque lo monetario nunca es lo esencial, consiguió también hospedaje, comida y pasajes de avión para los poetas invitados del resto de Chile y Argentina. Todos para escuchar poesía. Y gracias a una persona que ama la poesía (en todas sus formas) y no consideró que hubiera ningún impedimento válido para mostrar a otros eso que amaba. Repito, en una ciudad que no conocía. Hoy me enorgullece decir que es una de mis amigas más queridas. Se llama Aída Inés Osses Herrera, y por si fuera poco, es Jueza.


5 — ¿Y el periodismo?


AS — Después de dos años en la carrera de Ciencias de la Comunicación Social de la Universidad de Buenos Aires, me cambié a TEA, en procura de conocimientos más prácticos que teóricos sobre Periodismo. Se me daba bien la confección de artísticas radiales, sobre todo por cierto toque humorístico. En algunas de las materias que concernían con la escritura en sí, con el estilo sobre todo, mis intenciones poéticas se hicieron notar. En algunos casos en mi contra, con profesores que aseveraban que esa tendencia poética me jugaría en contra; otros a favor, en la creencia de que justamente eso marcaría la diferencia sobre lo establecido. Egresé, habiendo perdido poco antes (por no estar al tanto de una noticia) un trabajo ofrecido por uno de los directores de la Escuela. Al margen de haberme desempeñado en el área de prensa de algunas empresas, la labor intrínsecamente periodística que realicé, fue durante varios años en una ONG de defensa de la libertad de expresión: PERIODISTAS Asociación para la Defensa del Periodismo Independiente, mediante la detección, denuncia, seguimiento e intento de solución de los conflictos. Nunca laborales o gremiales, sino puramente de libertad de expresión. Fue una gratificante incursión. Pero después de eso, me volví librero. Nunca registré el interés y la pasión que imagino que se debe sentir para el ejercicio del periodismo (cierto tipo, al menos), en cualquiera de sus formas. Pasión no sólo para realizarlo meritoriamente, sino también, para obtener la fortaleza para no ser consumido.
Durante muchos años fantaseé con no hablar más, y que no me hablaran, por supuesto. Comunicar apenas con lo que el cuerpo lograra transmitir. Quizá por eso me atrajo siempre también el lenguaje de manos.


6 — En la solapa de “Mi padre cavaba un pozo” consta que mantenés inéditos al menos dos libros: “El ángulo” y “Nunca supe bailar”. ¿Son poemarios? ¿Y en narrativa?...

AS — Sí, se trata de dos poemarios. “El ángulo” ya está terminado. Sólo queda definir su publicación. En este caso, a diferencia de los dos volúmenes anteriores, que se publicaron gracias a menciones o premios en concursos, decidí gestionar su impresión por mi cuenta. Supongo que posteriormente me ocuparé también de la distribución. En realidad, éste es un libro de composición anterior a “Mi padre cavaba un pozo”. Pero algo pasó en su momento, algo personal, que me marcó que era mejor dar cabida antes a “Mi padre…”. Y la verdad es que a partir de la publicación de este título, me fue mucho más fácil pulir y terminar “El ángulo”.


En el caso de “Nunca supe bailar”, no está cerrado, pero sí lo suficientemente encaminado. No hay dudas sobre su “sentido”, su hilo conductor. Tener claro eso, para mí, es tan importante como la labor de escritura misma. Más todavía: sin eso, difícilmente pueda componer los poemas.
La narrativa me ha esquivado siempre. Es decir, aunque se trata del género que más leo, nunca logré apresarla en cuanto a su confección. Al final de “La condena del mudo”, hay una especie de narración para niños, un tanto siniestra según opinaron algunos amigos con hijos. Sí, por lo que decía antes sobre mi estilo, logré incorporarla a mi manera de “contar” mis poemas. Cuando elaboro uno, necesito saber que estoy contando algo. Si no, ese texto va a quedar irremediablemente descartado.


7 — ¿Nos referirías alguna “curiosidad” literaria personal que te haya ocurrido?

AS — No se si esto califique como respuesta a tu pregunta, pero es lo más cercano que se me ocurre. En el 2004 o 2005 fui invitado por el poeta Eduardo Dalter a un ciclo de lectura en el Hospital Borda [Hospital Interdisciplinario Psicoasistencial “José Tiburcio Borda”], no recuerdo si organizado por la radio “La Colifata”. Sólo acepté una vez que supe que una amiga muy querida me acompañaría. Al entrar al enorme Hospital nos perdimos. Recorrimos patios y jardines sin encontrar a Dalter o a la gente de la Radio. En un momento, advertimos una ventana en un paredón. La golpeamos, y cuando nos atendieron supimos que era parte de un edificio del Servicio Penitenciario. Esto fue demasiado para mí, porque mis dos temores históricos, diría que desde pibe, son volverme loco, o quedar preso. Creo que de ninguna de las dos cosas nadie está a salvo. Finalmente dimos con los organizadores, la mesa de lectura, el micrófono y demás. Pero yo fui débil. No pude soportar la visión de algunos internos que participaban, y tuve que irme sin concretar mi lectura.


8 — ¿El mundo fue, es y será una porquería, como aproximadamente así lo afirmara Enrique Santos Discépolo en su tango “Cambalache”?

AS — No comparto por completo el parecer de don Discépolo. El mundo, y toda cosa que en él existe, desde que ya no hubo un solo humano sino dos, es porquería sólo una mitad, pudiéndose decir de la otra mitad, que el mundo fue y será una maravilla.


9 — Un artículo de David Torres aparecido en el nº 70, febrero 2016, de “Agitadoras”, de España, nos recuerda que “Quevedo pisó la cárcel por irse de la lengua, San Juan de la Cruz por diferencias de opinión con la orden de los carmelitas, Fray Luis de León por traducir el “Cantar de los Cantares” sin permiso oficial y Cervantes fue acusado de malversación por una irregularidad en las cuentas”. ¿Qué añadirías?



AS — Añadiría que si alguna vez se diga de mí que fui preso en tanto poeta, sumándome a estos casos ilustres, seguramente será por atacar con violencia a algún colega de los que suelen leer o publicar en sus libros epígrafes en otros idiomas sin traducirlos, asumiendo que todos los lectores dominan, por ejemplo, el turco.


10 — ¿Gacela, ardilla, puma, albatros o jirafa?

AS — Puma, sin duda. Nada más admirable para mí que un felino. Si en la lista figurara también “caballo”, ahí estaría en problemas para elegir.


11 — ¿A qué personajes de la historia universal te hubiera gustado parecerte?

AS — Supongo que tu pregunta apunta a personajes políticos, religiosos,
militares, científicos, etc. (no artistas, quiero decir). La verdad es que no estoy familiarizado con la Historia Universal y sus figuras. Como en otros casos en los que sé que no sé de qué se habla, prefiero no dar un ejemplo sin saber, forzado.


12 — ¿Tus planes a corto y medio plazo?

AS — A corto plazo, publicar “El ángulo”. Después, abocarme a continuar “Nunca supe bailar”. Me agrada mucho sacar fotos, sobre todo que involucren personas en situaciones, una vez más, narrativas, en las que cualquiera pueda ver una historia, y leerla. Yendo un poco más lejos, imagino que el libro posterior a “Nunca…”, será un poemario basado en algunas de esas fotos.


13 — Manuel García Verdecia le formuló en cierta ocasión un interrogante a la poeta Paulina Vinderman. Citada la fuente, te la formulo: A diferencia de los asuntos de sangre, en la poesía, todo poeta es responsable de su genealogía literaria. ¿Cuál es el linaje del que te sentís heredero?


AS — Ésa es para mí una de las preguntas más difíciles de responder, porque uno va modificando el linaje. Justamente porque ese mismo linaje lo va modificando a uno. Por supuesto, con el paso del tiempo, con el aprendizaje, se incorporan autores. Pero por lo mismo, también se van.
Obviamente sin pretender ponerme a su altura, por dios, hablamos básicamente de influencias, hoy diría que me siento heredero del linaje poético de Cesare Pavese, de Emily Dickinson, de Jorge Teillier, de Charles Bukowski, de Raymond Carver, de Jaime Sabines. También de Charles Dickens, mi primera lectura, que no escribió poesía, pero sí fue poeta. Y también entonces, cantautores como Gabo Ferro, cineastas como Charles Chaplin, fotógrafos cómo Elliott Erwitt, pintores como Edward Hopper. En fin, a todos los que me enseñaron lo que es la poesía, aun sin escribir poesía, los considero mi linaje poético. Y les agradezco, porque son los que realmente me educaron.


14 — Imagino que además de Elliott Erwitt tendrás tus otros fotógrafos famosos preferidos.

AS — No son muchos. Más bien pocos, en realidad. El húngaro Robert Capa (1913-1954) y el francés Henri Cartier-Bresson (1908-2004), por ejemplo, ambos reporteros de guerra y fundadores en 1947 de la Agencia Magnum. Magnum fue una iniciativa que dio control a los autores miembros sobre la elección de los temas a documentar, su edición y su publicación, procesos que en el caso de fotógrafos contratados por diarios y revistas quedaba en poder de los medios de prensa. También el suizo Robert Frank y el francés Robert Doisneau (1912-1994). Lo que me atrae de ellos es justamente eso que mencionaba al hablar de mis fotos. En sus trabajos siempre hay, o siempre veo, al menos, una historia. Y sea un desembarco de soldados, un beso en una calle de París o el salto de un perro.
Para Cartier-Bresson lo esencial era la oportunidad: “Para mí lo importante es el tiempo, todo es inestable, nada permanece para siempre, todo cambia en todo momento”. Y para Capa: “Si una foto no es suficientemente buena es porque no estabas suficientemente cerca”. Esta idea tiene una interpretación física, más obvia, pero también moral, en el sentido de que uno debe comulgar con lo que está fotografiando. Para eso hay que estar presente, aunque ese momento dure una milésima de segundo, como dice Cartier-Bresson. Por su parte, Erwitt sostiene que no se puede enseñar el talento visual, y coincido. Ningún virtuosismo técnico superará jamás a una sensible manera de mirar, y de elegir lo que es digno de mirar y de mostrar. En una foto suya, tomada en Cuba en 1964, Ernesto “Che” Guevara mira a su izquierda, y sonríe. Seguramente también hizo tomas de frente, mirando a cámara. Pero la elección de mostrarlo mirando fuera de campo, cuenta una historia más interesante.


15 — ¿Hasta dónde te dejarías llevar por vocablos como éstos: “panacea”, “cofrade”, “dulcificar”, “implosión”, “deletéreo”?

AS — Me dejaría llevar hasta quedar ciego para dejar de leerlas, o sordo para dejar de escucharlas.


16 — ¿Acordarías, o algo así, con que es, efectivamente, “El amor, asimétrico por naturaleza”, tal como leemos en el poema “Cielito lindo” de Luisa Futoransky?

AS — Uno acuerda o no con algo según su propia lectura, ¿no? Y una vez que entra, esa lectura propia distorsiona eso con lo que se acuerda o no, lo modifica. Dicho esto, en base a mi lectura de “El amor, asimétrico por naturaleza”, diría que no acuerdo. Asimétricos (que no puede ser cortado por un eje cualquiera de tal manera que las dos mitades resultantes sean idénticas entre sí) son los vínculos. Las personas, ya que estamos. El amor, no. Tampoco es que sea simétrico, pudiendo cortárselo por un eje de tal forma que sus dos mitades sí resulten idénticas entre sí. Sea lo que sea, es una unidad indivisible.



17 — ¿Qué libros que te hayan fascinado, al paso del tiempo se te han vuelto insoportables?

AS — Me ha ocurrido una sola vez. Apenas terminada la escuela secundaria leí “Sobre héroes y tumbas”, de Ernesto Sábato. Por circunstancias personales de entonces quizás, me pareció maravilloso. Pasé un par de años recomendando ese libro a quien fuera que se me cruzara. Con posterioridad, intenté releerlo un par de veces. En ambos casos me resultó, tomando el adjetivo mismo de la pregunta, insoportable. Sólo como referencia, “El túnel”, obra supuestamente “menor” del mismo autor, que había leído incluso antes, en la escuela, me sigue fascinando hasta hoy.


18 — Dos años antes de que falleciera tuviste ocasión durante tres días de tratar personalmente al poeta y artista plástico Gonzalo Millán (1947-2006). ¿Conversaste con él? ¿Cómo lo recordás?

AS — Uno no va a conocer a alguien en tres días, pero me dio la sensación de ser una persona sincera, y eso implica a veces cierta parquedad o introspección que también lo acompañaban. Por mí está bien, me gusta eso. Nunca iba a buscar charla, pero si yo le preguntaba o comentaba algo, era muy amable. Uno de los días me “retó” en público. Durante el encuentro en Atacama compartí la mesa de lectura con él. Cuando al concluir se habilitó un espacio para las preguntas del público, alguien soltó el clásico y temible “qué es para usted la poesía”, y yo trasmití la misma situación que mencioné sobre esa señorita que observé desde el micro en Bolivia. Cuando le tocó a Millán, afirmó algo así como: “Esa pregunta no tiene sentido. Y éste (refiriéndose a mí), que dice que vio a una vieja sucia desde el ómnibus y que eso es la poesía, tampoco sabe”. Pero al decirlo, no enojaba, sino que hacía reír.
Me apenó cuando supe de su muerte. Muchas veces vuelvo al comienzo de su gran poema “La ciudad”: “Amanece. / Se abre el poema. / Las aves abren las alas. / Las aves abren el pico. / Cantan los gallos. / Se abren las flores. / Se abren los ojos. / Los oídos se abren. / La ciudad despierta. / La ciudad se levanta. / Se abren llaves. / El agua corre. / Se abren navajas tijeras. / Corren pestillos cortinas. / Se abren puertas cartas. / Se abren diarios. / La herida se abre.”


Para contactarnosescobarlarevistadigital@gmail.com

Antología en La Revista
Sigue AQUÍ...

Adrián Sánchez: Biografía Breve


Adrián Sánchez nació el 22 de enero de 1970 en Buenos Aires, ciudad donde reside, la Argentina. / Por Rolando Revagliatti

Adrián Sánchez nació el 22 de enero de 1970 en Buenos Aires, ciudad donde reside, la Argentina.


Egresó en 1994 de la carrera de Periodismo General en TEA (Taller Escuela Agencia). Obtuvo, entre otras distinciones, el Primer Premio del Concurso de Poesía “Valle del Elqui”, organizado por el Centro Cultural Chileno “Gabriela Mistral” en 2004. Publicó los poemarios “La condena del mudo” (Primera Mención Honorífica del Fondo Nacional de las Artes, edición 1998; Ediciones Botella al Mar, 2000) y “Mi padre cavaba un pozo” (Tercer Premio del FNA, edición 2012; Ediciones del Dock, 2013).

Para contactarnosescobarlarevistadigital@gmail.com

Antología en La Revista
Sigue AQUÍ...

22 dic. 2016

La fusión de los cuerpos por Aldo Mazzucchelli

Quisiera hablar (muy brevemente, aunque parecen temas tremendos) sobre la fusión de los cuerpos, sobre una participation mystique colectiva; y sobre la posibilidad de una “presencia total”, una experiencia sin mediación (lo cual en una facultad de comunicación parece algo quizás amenazador).// Autor Aldo Mazzucchelli - Fuente: http://www.henciclopedia.org.uy

Mi interés hoy es crear problemas acerca de un campo de temas definido por ahora como “condición electrónica”. “Digital” puede ser un término demasiado gastado. Pero “condición electrónica” tiene problemas similares, o quizá más agudos, aunque de otro tipo, creo que más interesantes. Quisiera hablar (muy brevemente, aunque parecen temas tremendos) sobre la fusión de los cuerpos, sobre una participation mystique colectiva; y sobre la posibilidad de una “presencia total”, una experiencia sin mediación (lo cual en una facultad de comunicación parece algo quizás amenazador). Pero la que tengo en mente sería una presencia ya no individual, sino colectiva. Antes, unos apuntes sobre nuestro título.


[CONDICIÓN? CONDICIONAMIENTO? LÍMITE? NEGATIVIDAD?]
No definiré “condición electrónica”. Diré que refiere a un estado de la existencia marcado por la omnipresencia de la conectividad. Hubo un tiempo, creo que un tiempo pasado ya, en que nos maravillábamos del “cambio” que esta nueva “condición” significaba. Lo veíamos como algo nuevo. Estábamos, como en el ejemplo de Heidegger famoso entre los estudiantes de filosofía, en Ser y tiempo (# 33. p. 180 ss.), del carpintero a quien un martillo le resulta demasiado pesado, de modo que en lugar de usarlo, vuelve su atención hacia la herramienta. Entonces, repentinamente estábamos entre maravillados y molestos mirando la herramienta, pensando sobre algo a lo que le llamábamos “internet”, tratando de resolver los “problemas” que ella nos había creado.


Creo que es relevante notar que ya estamos en otra etapa. Ahora, más que maravillarnos del cambio, estamos dejando de notarlo. El martillo ya no es pesado y todo fluye cada vez más suavemente. De algo que reclamaba sorpresa y enunciados interpretativos, la “condición electrónica” se va convirtiendo en algo que simplemente está ahí sin llamar la atención. Ese estar comunicado es parte de nuestro entorno cotidiano. Es algo que (como dice el traductor de Heidegger Jorge Eduardo Rivera) se viene condición, muy rápidamente, en “pura presencia” (p. 464, nota 67), puesto que con lo que llamamos “condición electrónica” tenemos una relación de “a la mano”, como se diría en la jerga correspondiente.

Pero, si esto es correcto, entonces nuestra cuestión es que la “condición electrónica” está casi dejando de ser ya una “condición”. Por ejemplo, si bien siempre podríamos decir que tener piernas es “una condición” de nuestra especie, algo que nos condiciona (en cierto modo, nos obliga) a poder caminar, eso no es lo que pensamos, sino que damos por sentado que tenemos piernas. Pues bien, lo mismo pasa con nuestros celulares y nuestro wifi, nuestras redes sociales y nuestro WhatsApp. Lo que en un momento pareció una especie de prótesis, de alas que habíamos adquirido, hoy está pareciendo más bien algo que damos por sentado, como las piernas y brazos con los que en general venimos dotados de nacimiento.

[HUMANIDADES? ROL DE LA NEGATIVIDAD O LÍMITE FRENTE A UN ESTADO ACRÍTICO DE LA CONECTIVIDAD. ESA NEGATIVIDAD: ¿SÓLO PUEDE SER TEXTUAL? ¿HAY OTRA NEGATIVIDAD EN CIERNES?]
Ahora, y hablando de límites, si es, como creo, que no estamos ya casi frente a tal “condición”, nuestro problema (puesto que nos hemos propuesto “pensar sobre ella”) sería cómo mantener un espacio desde el que hablar “dándonos cuenta” de ella. Digo que ese será nuestro problema si queremos mantener una posibilidad crítica respecto de este estado de conectividad. También podemos optar por ignorar esa posibilidad, y hundirnos completamente en el nuevo estado, sin alternativas, en una entrega física completa a eso que una vez (en los viejos tiempos de la historicidad) se llamaba “el futuro”. Volvernos de una vez muertos para la crítica basada en textos, en ensayo, en pensar, y vivir en el “presente continuado”, sin historia ni (casi) sin historicidad, del presente intensificado, hiperramificado, más que barroco, de la existencia en que estamos. ¿Es pensable esta época? ¿No es un contrasentido intentar pensar lo que, por ponernos en un estado nuevo de interpretación fusional, (ver más abajo) no tiene ya "parte de afuera", lugar de independencia para el pensar?--y no lo tendría de un modo nuevo, diferente a todos los modos anteriores, los modos en que los cuerpos eran aún fenomenalmente entidades separadas, dotadas de lo que se decía un "pensamiento propio". Me acuerdo de un pequeño ensayo de Giorgio Agamben que se llama “Sobre lo que podemos no hacer”, cuyo argumento principal era que estamos perdiendo el sentido de lo que no podemos realmente hacer, y creemos que podemos ser y hacer todas las cosas. Como un personaje de Kafka que él recuerda, que era de día un verdugo y de noche un cantante lírico; lo cual para Agamben resulta un problema. También Byung-Chul-Han (entre otros) habla de la “ausencia de negatividad” como un rasgo central de este tiempo. Y yo creo que esas intuiciones críticas son importantes. Que es relevante mantener alguna forma de negatividad, crítica, restricción o límite siempre activo, respecto de nuestro ser en estado acrítico de conectividad. Pero no puedo desarrollar esta línea de hipotética resistencia a la actualidad, aunque sí quisiera plantear una pregunta, sin respuesta: ¿es solo textual la crítica? O de otro modo, ¿qué formas de negatividad, de resistencia a lo electrónico como condición, o mejor dicho, a la invisibilidad de esa condición, existen o pueden desarrollarse? ¿Hay espacio para un ludismo digital? ¿Es posible desconectarse completamente? ¿En inanidad del voto, es ese el único acto político individual con algún poder que va quedando? Volveré al final sobre esto. Por ahora volvamos a la situación en que nos encontramos de hecho.


[CAMBIO DE ESPECIE MÁS QUE CAMBIO CULTURAL; REUNIÓN DE LOS CUERPOS]
La situación en que nos encontramos, que es una situación anfibia yo diría (porque hoy en esta sala convivimos varias versiones humanas ya bastante divergentes), nos pone ante una decisión (si es que aun somos conscientes de ella) que se parece más a un cambio de especie que a un cambio cultural. No estamos decidiendo entre culturas, sino siendo decididos a cambiar de especie, o a continuar la especie por otros medios. Pareciera que decide por nosotros nuestro ser colectivo en acople con el ser de la tecnología. La que siempre, más que un producto, ha sido parte constitutiva de nuestra especie. Esto no lo digo solo en el sentido cyber, no digo solamente que tenemos chips, clavos e ingeniería genética en nuestro sistema corporal, ni siquiera lo digo en el sentido de que nuestra vista, oído, movilidad, son muy diferentes ya de las del homo sapiens sapiens. Lo digo en el sentido de que nuestra posibilidad de distinguir qué es “humano” y qué “tecnológico” nos ha cercado, nos ha invadido, y creo que tiende a imponérsenos, según el modo insidioso de imposición que consiste en dejar de ser visible. Es decir, una vez más, dejar de ser una condición para ser parte de nuestro entorno básico; eso pese a los esfuerzos de “volver a lo natural” y de mantener abierta la posibilidad de separar de nuevo los cuerpos. Porque lo que está en juego es la reunión de los cuerpos.

Reunión de los cuerpos al permitir que otro esté en el mismo “no lugar” que yo, vea, escuche, y finalmente piense lo mismo que yo en tiempo real, que otro tenga los mismos horizontes de expectativa que yo y que las mismas rutinas interpretativas de lo mismo (que son objetos de consumo) se impongan a varios, a muchos a la vez, reduciendo a términos funcionales de complejidad apta para el consumo la riqueza de lo que una vez se llamó "el espíritu".

[INERCIA DE LENGUAJE DE CUERPOS SEPARADOS, CUANDO TENDEMOS A UNA INEXISTENCIA DE SEPARACIÓN; PARTICIPATION MYSTIQUE en JUNG; EL PENSAR TIENE UNA RELACIÓN CON EL ESPACIO QUE NO HACEMOS CONSCIENTE; INCORPORACIÓN MUTUA]
Pero nuestro lenguaje demora nuestro pasaje a la nueva condición. Usamos los medios nuevos intrincados de lenguaje viejo. Todavía hablamos el lenguaje del ser humano moderno, o posmoderno, que es más o menos lo mismo. El lenguaje del Romanticismo, o si se quiere, incluso, del Renacimiento: un lenguaje del “yo”, del sujeto, del ego, de la supuesta originalidad mía frente a la supuesta falta de originalidad de los otros—cuando el problema es probablemente la idea de originalidad en sí, esa cosa tan moderna. En cualquier caso, ese es un lenguaje intensamente basado en la existencia de cuerpos separados, y en la construcción de una conciencia de ese cuerpo en tanto separado. Una Bildung para el cuerpo individual. Ese lenguaje tuvo que ver con la escritura, con determinadas experiencias del tiempo y, sobre todo, del espacio.
Sin embargo, lo que nuestra existencia vive, ya casi sin verlo, como condición o condicionamiento, es la inexistencia cada vez mayor de separación. Es una intervención radical en el espacio la que estamos haciendo como especie, y todo nuestro pensar tenía y tiene una relación con el espacio que no siempre somos capaces de hacer consciente. Caminamos, comemos, nos dormimos y nos despertamos con los demás en nosotros a través del celular, del texteo continuo, de los mensajes de voz e imagen, de las fotos y videos enviados en tiempo real.


Es cuestión de poco tiempo que nos durmamos y nos despertemos con la presencia virtual del otro y de los otros, en tiempo real. Incorporación mutua. Nosotros también estaremos allá, en el lugar de ellos, los otros. Lo que me interesa es que, si antes la separación de los cuerpos era una condición de la existencia, la unión de los cuerpos (o al menos, el borrado parcial del punto de vista del cuerpo separado) es la condición de la existencia en que entramos. El espacio juega aquí un rol sustancial en la autoconciencia y eso es algo que nuestro lenguaje, tan hecho de metáforas espaciales que nos resultan invisibles, nos oculta por ello a menudo. Sólo recordar aquí, al pasar, lo que escribía Carl G. Jung: “Participation mystique es un término derivado de Lévy-Bruhl. Denota un tipo peculiar de conexión psicológica con objetos, y consiste en el hecho de que el sujeto no puede distinguirse a sí mismo claramente respecto del objeto, sino que está ligado a él por una relación directa que vale como parcial identificación”. (Jung, [1921] 1971: paragraph 781). Es claro que la unión de los cuerpos no es completa, ni puede serlo por ahora. Aun nos enfermamos individualmente, por citar un ejemplo duro de la separación. Algunas de las enfermedades de los cuerpos son enfermedades individuales, por ejemplo, y no contagiosas. Esas enfermedades no contagiosas pueden ser vistas como una forma de resistencia del cuerpo a unirse a los demás cuerpos, así como las enfermedades contagiosas estarían ligadas a la fusión parcial de los cuerpos, aunque sea indirecta y a distancia.

[PRESENCIA. INTERPRETACIÓN FUSIONAL]
Ahora bien, esta fusión de los cuerpos, o esta posible trascendencia absoluta de algunas limitaciones corporales, actualiza de un modo inesperado el problema de la presencia (presencia como término filosófico, y presencia en su uso general: ambas se van fundiendo), que es lo que finalmente quiero resaltar hoy, un poco en homenaje a la presencia física aquí, presencia estilo antiguo, versión 1.0 digamos, de mi querido amigo Sepp Gumbrecht. Cuando el concepto de “presencia” aparece como acontecimiento teórico, entre otras formas en la peculiar lectura de Heidegger que lo relanza, hecha por Gumbrecht, para mí (allá en 2005 lo discutimos con él de varias formas) la dificultad en su teoría era separar lo “hemeneútico” de lo “no hemeneútico”, no en la experiencia directa incomunicable del cuerpo, sino en la filosofía, el texto, la representación. Porque de la presencia como efecto no-hemeneútico no cabe dudar, pero resultaba (para mí, al menos) aparentemente imposible representársela a otro (es decir, a uno mismo también) sin mediarla, sin caer de nuevo en el lenguaje, en imágenes propias y metafóricas. Ni qué hablar de escribir un libro sobre ella que no resultase autocancelante.

Sin embargo, esa forma tradicional de entendernos (como presencia por un lado, como representaciones y “textos” independientes de nuestro cuerpo, por otro) está cambiando ahora--y resta es parte de mi contribución esta mañana. Lo que antes estaba desacoplado (texto y representación por un lado, generador corporal de esos texto y representación por otro), está convergiendo. Por ejemplo, es posible (mucha gente dice que) estamos leyendo y escribiendo menos cada vez en el sentido antiguo de leer y escribir, o en el sentido de no usar la razón lineal sino una "razón" o método tentativamente asociativo, de resultados estadísticos seguros en el nivel de la resolución de problemas, pero filosóficamente inanes, e individualmente irrelevante; sin embargo usamos más y más letras, en nuestros mensajes de toda clase. Letreamos. Nuestras letras las usamos en tiempo real, cada vez más inseparables de sus contextos no letrados. ¿A qué apunta esto? ¿Cobra centralidad el carácter absolutamente impersonal de la letra? ¿Será acaso que “liberados” de las representaciones y los “textos”, libres de la “condición escrita”, la alternativa en el horizonte es la posibilidad de una presencia comunicable directamente a otros de forma no mediada? Ya ocurre, por ejemplo, que otro ve lo que yo estoy viendo, en tiempo real; y ya ocurre, también (y esto es más sutil de comprender) que las interpretaciones de lo que ambos vemos están más y más pre-codificadas, de modo que nuestros horizontes de expectativa, aunque aún distintos, son cada vez menos distintos (en la medida en que las diferencias de interpretación no admiten la infinitud en un mundo que exige que se las represente a todas). Interpretación fusional es, pues, lo que tengo en mente. Lo que está en el orden del día es ni más ni menos que la posibilidad de que, digamos, mi dolor o mi placer sea sentido por otro cuerpo, sin mediación de lenguaje o retórica. Esa sería la realización de un tipo de “presencia” en que nos volveríamos todos, potencialmente, presenciales a todos los demás y, gracias a todos los demás, a nosotros mismos. Razón lineal sustituida por un pensamiento colectivo de tipo ensayo-error.


Y en lo escrito, la resistencia última del verdadero ensayo, es decir, del pensar por escrito, exhibiendo desnudo el flujo del pensar; de una escultura sobre el concepto, que rompe los conceptos preexistentes por necesidad, para reasociar sus notas, sus qualia liberados de retórica.

Pero, si la distopía fuese sí como la entrevemos, una unión de los cuerpos completa llevaría a que cada cambio perceptual llevase a un nuevo universo total y discontinuo con los anteriores pues no habría un otro que se opusiese a fin de generar una negatividad; y el yo no puede hacer distinciones continuas, “históricas” en sentido técnico, si no hay un otro; una intuición cercana a lo que Ray Kurzweil llama “the Singularity”.

[¿POLÍTICA? MI ÚNICA POSICIÓN POLÍTICA A LO LARGO DE LOS ÚLTIMOS 25 AÑOS HA SIDO DEFENDER LA ESCRITURA. CREO QUE HOY AUN SE PIENSA (Y CADA VEZ MÁS "SÓLO" SE PIENSA) ESCRIBIENDO.]
Termino pues. No digo que esto sea bueno o malo.- Observo que si nos hundimos por completo en la existencia tal como nos viene dada a través de la conectividad continua; si no conservamos una capacidad de ver el espacio de mi cuerpo como distinto del espacio de los demás cuerpos; si dejamos de tener la posibilidad de percibir la diferencia entre los cuerpos y las experiencias de cada nodo/cuerpo/persona como diferente, es claro que esas mismas diferencias y capacidades dejarán de existir para nosotros. Y ¿no son, todas éstas, capacidades que adquirimos y conservamos gracias al lenguaje escrito y textual? Hoy, aun sin tantos dispositivos de realidad virtual, todo esto parece una especulación a futuro, pero ¿cuánto tiempo falta para que tengamos esos dispositivos baratos, masivos y funcionando?
Ante todo esto, observo que sigue abierta la posibilidad de que conservemos distintos órdenes en vigencia, en actividad. Si algunos de nosotros sigue siendo capaz de leer y escribir tal como se lo hizo desde hace varios milenios hasta ahora, entre otras cosas, podríamos continuar cultivando un espacio (el espacio de la condición escrita, el espacio del pensar que tradicionalmente estuvo ligado a la escritura—filosofía, historia, letras) desde el cual ver al cuerpo y a los cuerpos, a la experiencia propia del cuerpo y a la experiencia propia del cuerpo en conexión, como posibilidades existenciales aún abiertas. Esa sería, de paso, una justificación, suficientemente buena para mí, para la permanencia (institucional o salvaje, quién sabe, aunque siempre mejor un mundo de fieras humanísticas que de académicos al estilo actual) de las humanidades.


* (Transcripción de una intervención oral en el Encuentro "La condición electrónica". Montevideo, Facultad de Comunicación y Diseño, Universidad ORT Uruguay. 19 de mayo de 2016).

Para contactarnosescobarlarevistadigital@gmail.com

Antología en La Revista
Sigue AQUÍ...

9 dic. 2016

La gran novela americana por Manu de Ordoñana


El libro y la lectura, Estafeta literaria, (General) por Manu de Ordoñana, Ana Merino y Ane Mayoz // Fuente: http://serescritor.com/

“La gran novela americana” es una calificación que se aplica a toda obra literaria que pretende divulgar la cultura de los Estados Unidos en un momento determinado de su historia. Es una apropiación indebida del término “americano”, una sinécdoque que pretende reducir lo americano a lo que procede tan sólo de Estados Unidos, como si Canadá, México y los países centro y sudamericanos perteneciesen a otro continente.


Las primeras creaciones aparecen en el siglo XVIII ―si bien en el XVII ya existía una literatura colonial―, cuando todavía no existían “Los Estados Unidos de América” y las trece colonias inician el camino a su separación de la Corona Británica. Es un periodo en el que aparece un relato épico capaz de crear los mitos que toda nación necesita para tomar conciencia de su identidad, que culmina con la formación de un nuevo estado, al acabar la Guerra de Independencia (1775-1783), aunque no con la dimensión que tiene en la actualidad.

La locución “Great American Novel” la acuñó el escritor John William De Forest (1826-1906) en un ensayo del mismo título publicado por el periódico The Nation en 1868, tres años después de haber terminado la Guerra Civil, en el que recomendaba el fomento de una literatura que resaltara los valores distintivos del país, y sirviera para acelerar el largo proceso de reconstrucción que tuvo lugar a continuación. De Forest escribió unos pocos poemas, alrededor de cincuenta relatos cortos y una novela sobre la guerra civil estadounidense La conversión de la señorita Ravenel. De la Secesión a la Lealtad (1867), pero hoy nadie se acordaría de él si no hubiera escrito ese artículo.

El concepto de “gran novela americana”, tal y como lo definió De Forest, es tan amplio que cualquier novela escrita en inglés por un autor estadounidense, que describa la realidad social del país norteamericano, podría entrar dentro de esta etiqueta, independientemente del momento en que se haya escrito. Sin embargo, algunos críticos son más restrictivos y limitan el término a los cultivadores que cumplen una serie de requisitos. Eduardo Lago señala tres, además de su calidad literaria: afán de totalidad, considerable extensión, capacidad de reflejar en toda su complejidad la realidad social y las costumbres de una encrucijada histórica concreta.

Pero para que esa literatura fuera realidad, había que hacer un trabajo previo. Y fue lo que hizo el lexicógrafo Noah Webster (1758-1843), al establecer una normativa nueva para escribir, un estilo más estadounidense, una jerga propia y una ortografía no británica, además de promover la escolaridad en todo el país.

El primer escritor norteamericano conocido internacionalmente fue Washington Irving (1783-1859). Tras viajar por varios países europeos, aterrizó en España en 1826 para estudiar los documentos relativos al descubrimiento de América. Más tarde fue nombrado secretario de la legación norteamericana, y finalmente ascendido a embajador de los Estados Unidos en Madrid (1842–1845), llegando a ser un hispanista de reconocido prestigio. En 1829 marchó a Granada y vivió tres meses en el palacio de Boabdil, donde escribió sus celebérrimos Cuentos de la Alhambra, que se publicaron por primera vez en 1832, aunque su obra más meritoria sea Rip Van Winkle (1819), un relato corto ambientado en la Guerra de Independencia.


En la primera mitad del siglo XIX, surgió un movimiento conocido como Trascendentalismo, una síntesis entre la religiosidad puritana y el idealismo romántico que desemboca en la Autoconfianza, base teórica del individualismo democrático, tan arraigado en la cultura norteamericana. Su fundador fue Ralph Waldo Emerson (1803-1882), autor de un libro sorprendente titulado Nature (1836) a quien siguió Henry David Thoreau (1817-1862), un inconformista de carácter místico cuyos escritos radicales no hacen más que ratificar el individualismo defendido por Emerson. Ambos tuvieron una notable influencia en los escritores que vinieron a continuación.

Quizá la primera obra que cumple los requisitos de “gran novela americana” fue Wieland o La Transformación publicada en 1798, escrita por Charles Brockden Brown (1771-1810) al estilo de la novela gótica que se hacía por aquella época en Inglaterra. Con el referente de esta obra, los escritores de la primera mitad del siglo XIX se inspiran en lo que se hace en ese momento en Europa y lo que allí está de moda es el Romanticismo, una corriente que trae deseos de ahondar en el folclore, en las costumbres, en lo auténtico. Es un modelo que conlleva aires de nacionalismo y es aquí donde un país recién creado tiene todo por hacer. Tiene que ir en pos de su esencia, de su alma; en definitiva, de su personalidad.

La siguiente fue El último mohicano, publicada en 1826, la más célebre de las escritas por James Fenimore Cooper (1789-1851). La historia se desarrolla en el año 1757, durante la guerra entre Francia y Gran Bretaña por el control de las colonias en América del Norte, al rebufo de la “Guerra de los Siete Años” (1756-1763) que se desarrolla en Europa.

Vino luego Edgar Allan Poe (1809-1849), reconocido como uno de los maestros universales del relato corto y creador de la novela detectivesca, junto al francés Émile Gaboriau (1832-1873). Fue el primer escritor norteamericano que renovó la novela romántica incorporando a la ficción, el misterio, el terror y la fantasía.

Hay que esperar a mediados del siglo XIX para que aparezcan las tres primeras novelas acreedoras al título que nos ocupa: La letra escarlata (1850) de Nathaniel Hawthorne (1804-1864), la epopeya Moby-Dick (1851), de Herman Melville (1819-1891) y La cabaña del tío Tom (1851) de Harriet Beecher Stowe (1811-1896), tres obras maestras que patrocinan la ilustre producción que va a florecer en el siglo XX. Y de las tres, la segunda, es la que tiene el honor de representar esa esencia, aunque no esté ambientada en las llanuras del Oeste, sino en una colosal llanura marítima. La mayoría de los críticos literarios coinciden en afirmar que Moby Dick es la novela que representaría el alma de esa Gran Novela Americana.

Aunque el Romanticismo siguió ejerciendo su influencia a lo largo de todo el periodo decimonónico, como consecuencia de la transformación social que se produjo en Europa tras la Revolución Francesa, surgió un movimiento artístico opuesto que trata de ofrecer un retrato objetivo de la realidad y mostrar la naturaleza del hombre, sus motivaciones personales y las costumbres que practica. Es el Realismo literario ―y su derivación, el Naturalismo―que se inició en Francia en la primera mitad del siglo XIX, con Stendhal (1783-1842) y Balzac (1799-1850) y se prolongó hasta el final de la centuria con Flaubert (1821-1880) y Zola (1840-1902), que tuvo tres grandes artífices a finales del siglo XIX en Estados Unidos.

Mark Twain (1835-1910), escritor ingenioso y dotado de un sentido del humor que le dio celebridad universal, aprovechó su fina ironía para exhibir un cierto pesimismo y su desencanto con el hombre que surge en la “era dorada” que sigue a la guerra civil. Sus dos obras más famosas son: Las aventuras de Tom Sawyer (1876), una historia en la que la inocencia y la rebeldía de su protagonista nos transportan a nuestra infancia y Las aventuras de Huckleberry Finn (1884), una novela que, con el sarcasmo que caracteriza a su autor, condena el racismo y la violencia y ensalza la libertad y la amistad en la adolescencia.

Henry James (1843-1916) nació en Nueva York, pero se fue a vivir a Inglaterra a los 26 años, adquiriendo la nacionalidad británica al final de su vida. Es autor de una extensa obra en la que acomete temas tan variados como el análisis psicológico de los personajes (Retrato de una dama, 1881), la defensa del movimiento feminista (Las Bostonianas, 1886) o una historia de fantasmas que marca un antes y un después de dicho género (Otra vuelta de tuerca, 1898).

Walt Whitman (1819-1892) está considerado como uno de los escritores que mejor han sabido interpretar el canon estadounidense, en la transición entre el trascendentalismo y el realismo filosófico. Su trabajo fue muy controvertido en su tiempo, por su libro Hojas de hierba, una colección poética que empezó a escribir en 1850 y que fue vilipendiada por su abierta sexualidad.

Y así entramos en el siglo XX, con la llegada de lo se ha dado en llamar “Generación perdida” ―expresión utilizada originariamente por la escritora Gertrude Stein―, un grupo de notables escritores modernistas, como Scott Fitzgerald (1896-1940), John Dos Passos (1896-1970), Ernest Hemingway (1899-1961), William Faulkner (1897-1962) y John Steinbeck (1902-1968), entre otros, que vivieron en Europa el horror de la Primera Guerra Mundial y más tarde los efectos que la Gran Depresión de 1929 causó a la población estadounidense, amenazada además por la inseguridad que creaban las organizaciones criminales que nacieron con la entrada en vigor de la Ley Seca en 1920.

La mayoría de estos escritores utilizaron una nueva técnica narrativa que proviene del cine y que se ha llamado escuela behaviorista o conductista. El narrador se limita a describir lo que pasa y deja que el lector interprete cómo es el personaje, a través del diálogo y de su comportamiento en la historia. Es lo que se llama “narrador observador” o “narrador cámara”, cuya única preocupación es registrar el estado de ánimo de los protagonistas de un modo fotográfico, despojándose de toda subjetividad y evitando así el peligro de la manipulación.

Terminada la Segunda Guerra Mundial, surge una nueva camada de escritores postmodernistas que, más que conformar un grupo con unas ideas definidas, se inspiran en corrientes anteriores, renovándolas con aportes propios. Según el crítico Harold Bloom, los más importantes son: Philip Roth (1933), Cormac McCarthy (1933), Thomas Pynchon (1937), Don DeLillo (1936), todos ellos vivos todavía.
En la misma época, aparece otra corriente literaria que se ha denominado “realismo sucio”, caracterizado por “una prosa sobria y medida, escasa en descripciones y de un tono sobrio y minimalista. Sus protagonistas son personajes que llevan vidas rutinarias y generalmente de baja condición social, con pocos lujos y que deben ingeniárselas para conseguir empleo o dinero”. En este movimiento pueden entrar autores como John Fante (1909-1983), Charles Bukowski (1920-1994), Raymond Clevie Carver (1938-1988), Richard Ford (1944), Tobias Wolff (1945) y Chuck Palahniuk (1962).

Y llegamos por fin a la actualidad, en la que han aparecido numerosos autores que han escrito novelas de calidad como Trampa 22 (1951), de Joseph Heller (1923-1999), ganadora del premio Pulitzer en 1991, Amada (1987) de la afroamericana Toni Morrison (1931), ganadora del Premio Nobel en 1993, y La broma infinita (1996), de David Foster Wallace (1962-2008), considerada por la revista Time como una de las cien mejores novelas escritas en inglés desde 1923 a 2006.

En cuanto a los contenidos, la gran novela americana se ha ocupado durante largos años de mostrar la cara más amarga del sueño americano: el desencanto y la desilusión experimentada por personajes de la clase media que se han sentido traicionados por ese sistema de valores americano. En un principio fueron los sinsabores de la conquista territorial y la imposición de la ley y el orden por un territorio inabarcable, después llegaron las ciudades, verdaderas junglas, que marcaban las fronteras de la exclusión social y económica de la persona.


Y uno de los temas preferidos de los escritores norteamericanos ―Yates, Roth, Bellow, Carver o Cheever― es la institución familiar. La incomunicación, la soledad, el fracaso… son los achaques habituales de la vida familiar. Un ejemplo de esta temática lo encontramos en las dos extensas y controvertidas novelas del último genio de la literatura norteamericana, Jonathan Franzen (1959), Las correcciones (2002) y Libertad (2010) ―algunos la señalan como la gran novela americana del siglo XXI― que se centran en familias dislocadas y representan la agonía de una época.

Con la ayuda de Wikipedia en inglés, nos hemos atrevido a construir una relación de obras que podrían estar en el ranking de La gran novela americana―seguro que habremos olvidado alguno― desde su independencia en 1783 hasta hoy. Aunque la mayoría de las obras responden a ese término suntuoso de “gran novela americana”, de carácter claramente mercantilista, hemos preferido incluir otras que no se ajustan al canon, pero que tienen la calidad suficiente como para figurar en este repertorio mínimo de autores norteamericanos.

Pero no podemos concluir este paseo literario sin mencionar la ”novela negra”, una creación típicamente norteamericana, que descubre la verdadera realidad del mundo criminal, la podredumbre del poder, la corrupción y la violencia que se originó en Estados Unidos con la aprobación de Ley Seca en 1919 hasta su abolición en 1933. Los padres del invento fueron Carroll John Daly (1889-1958), Dashiell Hammett (1894-1961) y Raymond Chandler (1888-1959), a los que siguieron otros muchos, que nos han hecho disfrutar de su lectura, a pesar de que algunos puristas estiman todavía que se trata de un género menor dentro de la literatura.

Para contactarnosescobarlarevistadigital@gmail.com

Antología en La Revista
Sigue AQUÍ...

Seguidores

En mis otros blogs

en Twitter


Austral Obras Maestras©

Asegura tus obras

Safe Creative

Recibe nuestras novedades

Enter your email address:

Delivered by FeedBurner

EVITA EL PLAGIO: ingresa al REMES

Sigue...

Recientes

Hola, Bienvenido a mi blog!

Puedes seguirnos en las redes sociales o suscribirte al feed.

¡Suscríbete a nuestro blog!

Recibe en tu correo las últimas noticias del blog. Sólo ingresa tu correo para suscribirte.