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Carlos Enrique Berbeglia: Poemas


Carlos Enrique Berbeglia nació el 11 de marzo de 1944 en la ciudad de Villa Mercedes, provincia de San Luis, República Argentina, y reside en la ciudad de Buenos Aires. // Por Rolando Revagliatti


XXXIII


A mis padres


Si el país que sueño
fuera como lo sueño,
su geometría, en la lluvia,
al margen de los ríos,
no empañaría la esperanza
de su gente y las ciudades
alzadas a la vera de su historia
no atesorarían ejemplos de infortunio
en sus archivos.

Los alféizares de sus ventanas
a paisajes sin claudicaciones abrirían
y las fórmulas de la inquietud
y el miedo, fenecidas en inaccesibles tumbas,
enunciarían la caducidad del mal
y la risa abierta de la dicha
perduraría en toda boca y alma.

Y la justicia, la sagrada justicia,
cobijada en su verdad como un capullo
delicado y joven, extasiada de belleza
en toda bestia y hombre reinaría
y un no lugar, no cetro, no diadema
ocuparía el olvido y su obsecuencia
pertinaz de muerte y quebradura.


(de “Tierra crepuscular posible”, incluido en “Continuidad en los modos”, Ediciones Filofalsía, Buenos Aires, 1990)


*


24. Variaciones de la imagen


¿Qué reflejos desprende la locura
cuando la escasa luminosidad
alcanza los espejos?
¿y qué destellos
en los bronces opacos por el tiempo
obtiene la oscura servidora del mal
si con su aliento los tizna de melancolía?

Pareciera como si las entidades
se diluyeran acuosas entre lágrimas
de una matemática sin números
o la descompusieran átomos de extintos universos.

A un soldadito de plomo, que defiende
con su fusil de utilería y no sagrado fuego
la triste ciudad que nos cobija,
se asemeja la tarde donde perduran los interrogantes
no obstante el ritmo que anhela la conciencia
cuando los espías del daño pretenden nuestra lengua.


(de “Los terracota y polen”, Editorial Amaru, Buenos Aires, 2001)


*


VI Ricercare, los amantes


Esas telas de araña ennegrecidas por el hollín de los incendios,
la sangre de los fugitivos moteando los vellones de lana,
nieve en los valles y mesetas cubriendo algún erial reseco,
la playa soportando la fetidez de los pescados muertos,
la luna, en su verde aterrador bajo los eucaliptos,
el viento, como una maldición fugaz en los cañaverales…

y ellos dos, bebiendo las gotas de vino que les restan
y afuera, a la intemperie, las metamorfosis del mal
buscándolos sin tregua
y la sordera de Dios cayendo sobre las ciudades
que todavía
resisten el asedio.


(de “Pantomima y desierto”, Editorial Amaru, Buenos Aires, 2003)


*

Otoño en el espíritu


Coloquemos en el escenario los drammatis personae:
una pordiosera anciana, su perro, enflaquecido,
tan sucio como ella,
una joven mujer, triunfante en un certamen de belleza
que asciende a su automóvil,
las hojas del otoño arrastradas por la noche,
la luna, cuarto – menguante en las alturas,
la radio trasmitiendo un discurso político
del intendente nuevo,
un afiche proclamando el regreso triunfal
de un grupo de cantantes
y algún triste cronista
apercibiendo el conjunto de hechos
entretanto desmenuza su propio infortunio:
los padres fallecidos, el hogar al que no vuelve
dada su desnudez oprobiosa,
y, en la esquina, un ángel junto a Dios
llorando y abrazados,
sin fuerzas capaces de impedir
el suicidio de cuantos hollaran las encrucijadas.


(de “Penumbra sin vos y luminosa voz de vos”, Ediciones La Luna Que, Buenos Aires, 2011)



*


Conversaciones con mi gato II


Nunca, en la noche,
supo bajar un ángel
siquiera hasta mis sueños,
o, en la plenitud del mediodía,
allá, en las sierras de mi lejana infancia,
alguna otra deidad,
indígena o mediterránea,
se reveló en el zumbido de los insectos
que recorrían el seco ramaje
del otoño.

Ni la belleza de las hadas
cabalgando en el perfume de las flores,
o briosos y burlones pegasos en el cielo
me incitaron a que los enjaezara
para perseguirlas hasta sus moradas intangibles.

No sé si debiera apenarme
por tales desencantos
en estas lides de la vida cotidiana,
acaso la desilusión
apenas insinuado por un roce
con esos huidizos habitantes
de otros mundos
hubiera sido
menos auspicioso todavía.


(de “Amaneceres vedados al tiempo” , Ediciones La Luna Que, Buenos Aires, 2013)



*

Autobiográfica primera


Dada la parsimonia que, hasta ahora,
manifestó la historia para justificar sus yerros
(y algunos aciertos que los equilibraran),
el silencio oculto en las respuestas
de las religiones, las ciencias, las filosofías,
este simple mortal, en un día lluvioso
y de ventisca agreste, tributa,
no obstante la incertidumbre que colmara,
al pensarse, su existencia,
los siguientes agradecimientos:
a los dibujos animados
las tiras cómicas,
los ositos de peluche,
las mentiras que me prodigaran
cuando me hallaba enfermo,
la belleza expuesta, como llagas beatíficas
en las artes, sin condicionamientos para experimentarla,
a los iconoclastas, que nunca demolieran definitivamente
las compulsiones de la sociedad, pero las desnudaran,
y a cuanta ruptura implique
una libertad desaforada, única, absoluta.


(de “Amaneceres vedados al tiempo”, La Luna Que, Buenos Aires, 2013)


*
Entrevista realizada a través del correo electrónico: en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Carlos Enrique Berbeglia y Rolando Revagliatti.

http://www.revagliatti.com.ar/020600.html
http://www.revagliatti.com.ar/990617.html


Para contactarnosescobarlarevistadigital@gmail.com

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